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martes, 28 de febrero de 2017

PABLO NERUDA... DE LAS CASA Y LA CEBOLLA



Oda A La Cebolla

Cebolla,
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.
Bajo la tierra
fue el milagro
y cuando apareció
tu torpe tallo verde,y nacieron
tus hojas como espadas en el huerto,
la tierra acumuló su poderío
mostrando tu desnuda transparencia,
y como en Afrodita el mar remoto
duplicó la magnolia
levantando sus senos,
la tierra
así te hizo,
cebolla,
clara como un planeta,
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre
la mesa
de las pobres gentes.
Generosa
deshaces
tu globo de frescura
en la consumación
ferviente de la olla,
y el jirón de cristal
al calor encendido del aceite
se transforma en rizada pluma de oro.
También recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada,
y parece que el cielo contribuye
dándole fina forma de granizo
a celebrar tu claridad picada
sobre los hemisferios del tomate.
Pero al alcance
de las manos del pueblo,
regada con aceite,
espolvoreada
con un poco de sal,
matas el hambre
del jornalero en el duro camino.
Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta
en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.
Yo cuanto existe celebré, cebolla,
pero para mí eres
más hermosa que un ave
de plumas cegadoras,
eres para mis ojos
globo celeste, copa de platino,
baile inmóvil
de anémona nevada
y vive la fragancia de la tierra
en tu naturaleza cristalina.


"Confieso que he vivido." Pablo Neruda escribió muchísimas frases inmortales. Pero quizá la que quedó eternizada para la remera es "confieso que he vivido". Una fórmula que a lo largo de los años fue reelaborada en clave irónica como "confieso que he bebido" o "confieso que he comido". Y no está mal: un paseo por las tres residencias chilenas del poeta, escritor y político muestran su obsesión por la abundante comida y la buena bebida. Aunque Neruda tuvo una existencia que podría definirse como voluminosa en cada aspecto en la que discurrió, resulta conmovedora la dimensión artística que les dedicaba a las reuniones sociales y al hecho del encuentro con amigos. Este rasgo de sensibilidad social del premio Nobel empieza a revelarse apenas uno pisa su casa de Valparaíso, La Sebastiana.

 Esa residencia es hoy un museo administrado por la Fundación Pablo Neruda, al igual que La Chascona, en Santiago, y su casa en Isla Negra, quizá la más bella y conocida por las leyendas que la enmarcan. La Sebastiana, ubicada en la escarpada y mágica geografía de Valparaíso, fue el encargo que Neruda les había hecho en 1959 a sus amigas Sara Vial y Marie Martner: "Siento cansancio de Santiago. Quiero hallar en Valparaíso una casita para vivir y escribir tranquilo". En tres años, el poeta terminó de levantar y decorar la propiedad (que compró a medias con Martner y su marido, Francisco Velasco) y la bautizó con ese nombre en honor a su primer dueño, Sebastián Collado. El 18 de septiembre de 1961 abre sus puertas, como no podía ser de otra manera, con una fiesta memorable. En la recorrida por La Sebastiana, que tiene una concepción arquitectónica vertical para disfrutar la vista del Pacífico, empieza a descubrirse a un Neruda preocupado por un aspecto poético distinto: el de recibir amigos, hacerlos vivir una experiencia y de paso comer y beber mucho.


En esta época de alta velocidad en las relaciones sociales, practicidad en la comunicación y diversión sobreactuada, el espacio creado por el poeta resulta sobrecogedor. Las tres casas de Neruda siempre fueron museos habitados por un cariñoso coleccionista de curiosidades: mascarones de proa de madera, mesas, tiovivos, mapas antiguos, sillas, insectos, posavasos, copas de cristal, platos decorados, caracoles, zapatos, pipas, cuadros, esculturas... Atmósferas tan ricas y repletas que concentran la vida entera, incluso más que el papel y la célebre tinta verde con la que Neruda bocetaba sus escritos. Un pequeño bar de estilo inglés y el comedor con vista al mar; el hogar circular y el caballo de madera... Es fácil imaginarse noches de banquetes, risas y spleen en La Sebastiana. Don Pablo era un fanático del océano, pero odiaba navegar. Decía que era un marinero de tierra y esa definición se ajustó bastante a su existencia. Disfrutaba de la poderosa luz del sol luchando por no desaparecer, resistiendo, ofreciendo las últimas inflamaciones antes de extinguirse en los atardeceres sobre ese enorme océano. Cada elemento en sus tres casas fue colocado de una manera disruptiva y caprichosa: un baño diminuto al lado del bar con puerta transparente, por ejemplo, o el salero y el pimentero con las leyendas "morfina" y "marihuana". Cultivó, como muchos de sus amigos, el valor que poseen las vivencias irrepetibles y que no pueden pagarse con dinero. "No tenía una concepción burguesa de la decoración y de la arquitectura", me sopla alguien al oído. Y creo que ahí está la clave, mientras observo en La Chascona un sillón ubicado justo debajo del marco de ingreso a uno de los ambientes (¿qué propósito tendría?).

 En Isla Negra, Neruda crea una sucesión de espacios sin sentido práctico (o burgués) y de una belleza conmovedora: "La casa fue creciendo, como la gente, como los árboles...". Ese hogar es un compendio visual de su imaginario. Allí enfermó. Allí descansan sus restos junto a los Matilde Urrutia, su gran amor. Y allí puede hallarse el magma de la poesía que aún no llegó a transformarse en simples palabras.
F. V. 

ESTA ES LA VERDAD....QUE NO TE VENDAN BASURA


Computadoras a valor internacional
La apertura de la importación generará más puestos de trabajo y obligará a empresarios locales a proveer mayor calidad a menor precio, su verdadero rol



La tecnología es el eje del desarrollo en el mundo. A su vez, el procesamiento de información y el soporte de cálculo en capacidades y velocidades cada vez mayores son actualmente la condición del avance tecnológico de cualquier país. No sólo se debe disponer de científicos y de personas preparadas en sistemas, sino también del equipamiento (hardware) en sus últimos avances y a precios accesibles y competitivos internacionalmente. Esta última condición se requiere también en soporte de todos los niveles de la enseñanza.
La Argentina expone un cuadro paradójico en esta materia. Se destaca por la capacidad creativa de sus profesionales, científicos y hasta de jóvenes innovadores en el desarrollo de sistemas. De nuestro país surgió el mayor número de registros de América latina de las denominadas "punto.com". Pero, por otro lado, el acceso a computadoras personales, laptops, tabletas y teléfonos inteligentes exige aquí pagar el doble de lo que estos elementos cuestan internacionalmente.


De este sobreprecio sólo se eximen aquellos que viajan al exterior, de donde traen estos productos, con la lamentable particularidad de que muchos los ingresan al país eludiendo los controles aduaneros.
Esto no sirve a quienes no eligen esa posibilidad y tampoco a las empresas, que deben gastar en la costosa tecnología local, que usualmente no es de punta. Habría que preguntarse cuántos miles de empleos se perdieron por ineficiencia tecnológica y falta de competitividad. También deberían evaluarse las dificultades que esta situación ha generado a profesionales independientes o a pequeños emprendedores que dependen de procesadores para trabajar y desarrollar sus negocios.


A pesar de que la Cámara Argentina de Importadores protestó públicamente por la demora en remover las trabas al comercio, acertadamente el Gobierno decidió bajar a cero los aranceles de las computadoras personales, notebooks y laptops y aliviar las restricciones para su importación. Los beneficios de esta medida son evidentes y alcanzarán directa e indirectamente a todos los habitantes.
Los fabricantes locales plantearon que se perderá una gran cantidad de empleos y manifestaron su preocupación, particularmente por el impacto en Tierra del Fuego. Se calcula que la medida compromete 1900 empleos industriales en todo el país. De ellos, 400 están en Tierra del Fuego. Debe recordarse que esta industria ha desarrollado un grado mínimo de integración. Es básicamente una actividad de ensamblado de componentes importados. Hay en este sector otros 5000 empleados en todo el país en el área administrativa y de comercialización, que, en el futuro, podrían dedicarse a sus mismas tareas sobre los productos importados, con mayores ventas resultantes de la baja de precios. Podría incluso requerirse un aumento del empleo en la comercialización minorista y en los servicios de mantenimiento.




Más allá de la particular situación de Tierra del Fuego, es probable que con la apertura de la importación finalmente se creen más puestos de trabajo que los que se perderán. No debe descartarse que algunas áreas industriales de este rubro se reestructuren y alcancen un nivel de competitividad que no sólo las haga subsistir, sino también potenciarse.
La eliminación de los aranceles de importación no ha alcanzado los teléfonos celulares. El Gobierno estudia sólo reducirlos hasta un nivel entre el 12 y el 16%.
En definitiva, se estima que en un corto plazo se perderían algo más de 1000 puestos de trabajo, con remuneraciones que son inferiores al promedio del sector industrial. Algunos de ellos no tienen las habilidades para reinsertarse fácilmente en el mercado laboral. Para ellos, el Gobierno ha implementado programas de capacitación y de reinserción con el objetivo de que puedan dedicarse a otras actividades.
Desde hace algunos años, el Estado trata de proveer a los escolares de tabletas y notebooks para que todos puedan tener contacto con la computación e Internet, ya que, a futuro, quien no domine esta tecnología será virtualmente un analfabeto con restringidas oportunidades de empleo y de una buena remuneración. Sin duda, sería mucho más sencillo que estos instrumentos estuvieran disponibles a bajo precio, para que una mayor cantidad de gente pueda tener acceso a ellos sin necesidad de la asistencia del Estado.



Perderán los empresarios que pudieron desarrollar este negocio, a pesar de la ineficiencia originada en transportes innecesarios y en procesos desarticulados y falta de escala. Lo pudieron hacer porque el Estado les concedió exuberantes beneficios fiscales y una elevada protección que les permitió vender a los argentinos a los precios que hemos mencionado. El rol de un verdadero empresario debe ser proveer a los consumidores la mayor calidad al menor precio. Las reglas deben diseñarse para que su éxito económico se logre de esa forma y no por efecto de la protección y de tratamientos impositivos especiales en desmedro de los consumidores.

FEMICIDIOS ¡¡¡¡BBAAASSSTTTAAAA!!!


Se mantiene alta la cifra de femicidios y aumentaron los abusos sexuales previos
En 2016 hubo 290 homicidios de mujeres por ataques machistas, cuatro más que el año anterior; la mayoría de las víctimas fue apuñalada, las violaciones pasaron de 27 a 31


"Ni una menos, nunca más", se repite en cada ocasión en que se homenajea a las mujeres. Pero la violencia contra ellas no se detiene. En 2016 hubo al menos 290 femicidios en todo el país. Víctimas, en su mayoría, de parejas o ex parejas. La cifra de este tipo de asesinatos es apenas superior a la del año anterior, cuando sumaron 286 casos. Pero los nuevos datos dan muestra de la saña: la mayoría de las víctimas fue apuñalada; se incrementaron los homicidios de embarazadas y los casos con indicios de abuso sexual previo al crimen.
Así lo reveló el informe del Observatorio de Femicidios de la Casa del Encuentro y la Fundación Avon, basado en las publicaciones de la prensa entre el 1° de enero y el 31 de diciembre de 2016. Aunque Buenos Aires es, por obvia magnitud, el distrito con más casos (90), hay provincias donde el drama creció notoriamente con respecto a 2015; en Córdoba, por ejemplo, se pasó de 19 a 30 femicidios.
Se mantiene alta la cifra de femicidios y aumentaron los abusos sexuales.


Si, en cambio, se realiza el cómputo per cápita, la trágica lista es encabezada por Jujuy: el año pasado hubo 11 femicidios, 1,63 cada 100.000 habitantes, tres veces más que en la provincia de Buenos Aires, donde la tasa fue de 0,57.
La cifra actual de Jujuy superó a la de 2015 en Salta, que había sido el distrito con más femicidios per cápita, con 1,56 cada 100.000 habitantes. Esta vez esa provincia tuvo una tasa de 0,9, igual que Córdoba.
De los 290 crímenes por violencia de género, 37 fueron vinculados (hombres y niños asesinados para causarles dolor a las mujeres objeto de la furia machista o porque se interpusieron para defenderlas).
El 84 % de las mujeres no había denunciado previamente a sus agresores ni habían requerido medidas de protección. "Es que no creen en la Justicia. Y entonces tampoco buscan ayuda", explicó ayer Ada Rico, presidenta de la Casa del Encuentro, en la presentación del informe. La ministra de Desarrollo Humano y Hábitat porteño, Guadalupe Tagliaferri, recordó que una de cada 10 víctimas en la ciudad, según un informe de 2016, tampoco había pedido ayuda.


Los 290 femicidios de 2016 dejaron sin madre a 401 hijos; 242 de ellos son menores que podrían ser beneficiados con una asistencia económica hasta que cumplan 18 años -similar a la de una jubilación mínima- si se aprobara la ley Brisa. El senador Jaime Linares indicó que en las próximas semanas el proyecto podría obtener media sanción. También genera expectativas la iniciativa para la pérdida automática de la responsabilidad parental del femicida condenado.
Más del 64 % de las víctimas murió a manos de allegados: o eran parejas o lo habían sido. Paradójicamente, el lugar más peligroso para ellas sigue siendo su casa: allí ocurrieron 143 de los 290 femicidios. Hubo casos excepcionales, como el que ocurrió en un penal de Tucumán, donde un preso mató a su novia allí donde estaba detenido por haber asesinado a otra mujer. "No hubo ningún protocolo que cuidara a la segunda víctima", dijo Rico.
A diferencia de años anteriores, en los que la mayoría de las víctimas fue baleada, en 2016 la principal modalidad de femicidio fue el apuñalamiento. También aumentaron los casos con abuso sexual. El año pasado fueron 31, frente a los 27 de 2015 y los 21 de 2014.


Hubo 11 femicidas de entre 13 y 18 años, y 49 que decidieron quitarse la vida. Dos de las víctimas eran indígenas y 9, transexuales.
El senador Juan Manuel Abal Medina (FPV) dijo que se deberían pensar nuevas figuras delictivas "preventivas". Y las representantes de la campaña de Avon "Alza la voz" y de Farmacity (patrocinantes del informe) coincidieron en colaborar desde el área empresarial.Se reclamó el cumplimiento del presupuesto del plan nacional contra la violencia de género. En enero se publicó en el Boletín Oficial que se recortarían 67 millones de pesos de esa partida. ONG presentaron un amparo. También se insistió con el patrocinio jurídico gratuito a las víctimas y con la creación de un fuero judicial especializado

V. M. 

HABÍA UNA VEZ...JORGE FERNANDEZ DÍAZ

Cuando el hombre de la montaña cierra los ojos le vienen a la memoria aquellos 17 cóndores que lo visitaban en el precipicio.
Llegaban de dos en dos a curiosear y lo seguían camino arriba, y el peregrino les sacaba fotos y podía sentir de cerca el batir de las alas y ver cómo torcían, al pasar, sus majestuosas cabezas para observarlo.
Se le terminó rápidamente el rollo y hubo un momento en el que sintió que las 17 sombras lo sobrevolaban y le nublaban el día.
Estaba tranquilo porque esas aves, generalmente, se alimentan de animales muertos, aunque por el instinto se daba cuenta de que tal vez no fuera una danza de bienvenida, sino la luctuosa ronda de una espera.
Los cóndores aguardaban, acaso, que el solitario andinista resbalara y cayera, y pudieran, entonces, merendárselo con premura.
Ellos empiezan siempre por los puntos más blandos de los cadáveres: los ojos y la lengua. Tienen picos poderosos y cortantes, y dicen los zoólogos que pueden deglutir hasta cinco kilos de carne por día.
Nada de esto, sin embargo, inquietaba a Carlo Bottazzi, que pocas veces siente temor en las altas cumbres. Bottazzi es un inmigrante que llegó de Italia en 1948 huyendo de la miseria y de las secuelas amargas del fascismo, que se asentó en San Carlos de Bariloche y que realizó durante tres décadas rescates dramáticos en montañas, cerros, montes y ventisqueros.
Fue 16 años jefe de la Comisión de Auxilio del Club Andino y tuvo una vida llena de aventuras.
Es hoy un anciano retacón de manos diminutas pero recias: garras para sostenerse en los abismos. Nos encontramos en un café de Bariloche donde la gente no deja de saludarlo.
Algunos, sin embargo, no le tienen tanta simpatía en esta ciudad. Bottazzi tropezó hace no mucho con una montaña metafórica pero muy filosa llamada Erich Priebke, quedó herido ante la opinión pública y lo sobrevolaron sombras carroñeras.
Quiere hablarme ahora de esa desgraciada expedición hacia el desengaño, pero yo prefiero concentrarme primero en los arriesgados escalamientos y en las frías cordilleras.
La prehistoria de sus andanzas está sembrada de trabajo. Fue técnico en máquinas de escribir y de coser, y puso un taller para reparar radios, motos y cocinas.
Vendió autos y fabricó artículos de andinismo: mosquetones, clavos, grampones, martillos y piquetas. Construyó galpones, comercializó material fotográfico, alfajores y galletitas; abrió un restaurante y administró la concesión del teleférico cerro Otto. Tuvo subidas y bajadas, reveses económicos, hipotecas y disgustos.
Durante la dictadura militar encabezó el “barilochazo” y fue detenido y llevado a los cuarteles, donde experimentó más miedo que en ninguna ladera montañosa.
Un teniente coronel, que lucía una esvástica en su escritorio, lo recibió acusándolo a los gritos de “subversivo”.
Se salvó porque Bottazzi era lo que se denominaba “un caracterizado vecino” del lugar: actuaba en defensa civil, era directivo del Rotary Club y había salvado muchas vidas acudiendo en auxilio de escaladores imprudentes y extraviados.
Después, militó en el radicalismo y fue incluso votado como concejal, aunque la política evidentemente no era lo suyo.
Lo suyo era dormir con la mochila armada junto a la cama y estar dispuesto a recibir una llamada a cualquier hora, dejar todo de lado, organizar por teléfono un rescate y subir a una montaña sin saber con certeza si regresaría a su casa sano y salvo.
Su vocación queda en evidencia cuando entona en italiano la vieja canción de los montañistas, que era un código de clase en los fogones y refugios alpinos: “Allá arriba por las montañas, entre bosques y valles de oro, tras rocas y piedras, se escucha una canción de amor”.
Descubrió que ese paraje de la Patagonia era su lugar en el mundo de muy joven, y trabó relación con andinistas entusiastas pero modestos que le enseñaron a trepar por paredes escarpadas.
Trepó en solitario la pared Leürs, que es el lado difícil de un cerro fácil: el López.
No llevó sogas y cuando alcanzó una sobresaliente de la pared vio que se le habían acabado los clavos. Se salvó porque efectivamente debe existir nomás el dios de los principiantes.
Desde entonces no se privó de escalar las vías más tortuosas del Catedral y el Tronador, dos montañas bajas; el Lanín, los Hielos Continentales y el maldito Fitz Roy, que es uno de los objetivos más riesgosos y sacrificados del mundo.
Después de que los franceses hicieron cumbre en 1952, Bottazzi y sus amigos improvisaron un ascenso por la supercanaleta, el camino de mayor pendiente.
Con piquetas, grampones y cuerdas anticuadas, los argentinos subieron 1500 metros por un plano vertical donde había que dormir colgado y aguantar los días cortos y las intemperies largas.
No pudieron hacer cumbre y volvieron a intentarlo en verano, donde hay avalanchas frecuentes y deshielos con desprendimientos del tamaño de heladeras que les pasan raspando a los escaladores mientras intentan subir.
Cuando faltaban nada más que 400 metros para llegar a la meta, extremadamente cansados, Bottazzi y su compañero percibieron que tenían una tormenta encima y que seguir adelante era una verdadera locura.
Pero de esas demencias están hechas precisamente las grandes tragedias de los Andes. Tomaron entonces una decisión valiente: fueron cobardes.
A veces la humildad te salva el pellejo. Si hubieran seguido unos metros los habría arrasado el temporal, el hielo y las piedras. Se tragaron el orgullo y emprendieron el regreso.
Infinidad de veces Bottazzi y sus amigos se largaban a esas expediciones suicidas sólo para librarse del aburrimiento. La tarea de rescatista lo volvió más responsable y consciente.
Es que de pronto se acostumbró a buscar días enteros a chicos perdidos en la montaña y a bajar heridos graves en camillas o cadáveres en bolsas de lona.
En una de sus primeras misiones, Carlo formó parte de la patrulla que buscaba un avión desaparecido, un Viking que según inferían podría haberse estrellado en algún rincón de la falda del cerro Pontoneros.
Partieron desde el refugio a pie y con una noche de lluvia y caminaron en la helada oscuridad hasta el amanecer. Unos baquianos los ayudaron a localizar el Viking: todos sus ocupantes habían muerto.
El hombre de la montaña fue desarrollando una necesaria indiferencia frente al horror.

Temperamento de cirujano
Conoció voluntarios que se espeluznaban frente al espectáculo y había que bajarlos también a ellos en camillas. Bottazzi adoptó un temperamento de cirujano, y en el momento justo nunca se dejaba impresionar.
Sólo mucho después, cuando ya estaba en su casa tomando una sopa caliente o un trago, percibía que algo sutil y profundo le había cambiado por dentro.
Volvió a intervenir a propósito de otro accidente aéreo cuando en 1973 salió a buscar un avión oficial que había chocado contra el cerro Pichi Leufú.
Las patrullas se dispersaron y recorrieron un laberinto nevado de kilómetros y kilómetros sin tener noticias y sin radios para comunicarse, completamente ciegos por un viento blanco que no traía buenos augurios.
Bottazzi tuvo principio de congelamiento en un dedo del pie, y se vio en la encrucijada de abandonar la búsqueda. Esas decisiones, en la alta montaña, son las más difíciles.
Al final encontraron la nave quebrada y los cadáveres. Entre ellos yacía un médico y compañero de los rescatistas: estaba destrozado.
No fue la última vez en que Carlo debió recoger los restos de un amigo: un día lo llamaron para que subiera al López y trajera de regreso a otro camarada experimentado que, sin embargo, había cometido un error de novato, se había desbarrancado y se había roto la cabeza.
Los hombres de Bottazzi subieron y bajaron enlutados. Todos ellos trabajaban ad honorem y a destajo, sin esperar reconocimientos y jugándose el cuello.
Les tocaron épocas tecnológicas menos benignas: no tenían celulares ni handies, las herramientas eran pesadas y todo se hacía con más coraje que logística.
Cada vez que alguien desaparecía en una montaña, la radio local convocaba a los miembros de la Comisión de Auxilio, había cadena de avisos por teléfono y se detenían las funciones de cine para hacer un llamado a los socorristas que podían estar esa tarde o noche entre el público.
Ateo convencido, pero respetuoso de las creencias ajenas, Carlo reconoce que las experiencias le moldearon el carácter, le dieron temple y un sentido de la paciencia, y lo prepararon para las incongruencias de la vida cotidiana.
Ya retirado, ya noble anciano, Bottazzi estudia filosofía para entender mejor de qué trata la existencia.
Es curioso: no hay nada productivo en subir una montaña. Pienso, y se lo digo en este café de Bariloche donde estamos conversando, que los hombres nos inventamos montañas verdaderas o imaginarias sólo para poder vencerlas.
Agustín Viale, un viejo escalador, me ha contado que él y Bottazzi subieron la picada del cerro Tronador cuando eran jóvenes y que lo hicieron en pleno invierno, sólo para demostrarse a sí mismos que podían desafiar los peligros y las dificultades.
Afortunadamente, los hizo recapacitar una tormenta y, cuando regresaban, descubrieron que se inundaban los terrenos y desbordaban los ríos y lagos.
Bottazzi, que iba adelante con una linterna, cayó en un pozo profundo. Viale vio la luz cuatro o cinco metros bajo el agua. Ni Viale ni Bottazi sentían fatiga: era divertido jugar a la ruleta rusa y salir con vida para contarlo.
Clavo, anilla y rapel. Sogas, trepadas y descensos. Oxígeno, esperanzas y dolor. La ruta de Carlo está signada por esos elementos y sensaciones.
Voló a Chile con el ejército por el terremoto del volcán Osorno, subió hasta el refugio y rescató de entre las ruinas de madera a unos pocos sobrevivientes.
Tiene tantas anécdotas y estuvo en tantas operaciones, que podríamos quedarnos una semana entera recordándolas. Se detiene, al azar, en el refugio Jacob, cuando a tres adolescentes, como a tantos otros, se los tragó la montaña.
Abajo esperaban los padres, ateridos de terror y dudas. Carlo guió a sus hombres hasta cerca de Colonia Suiza y ascendió a pie, buscando con la vista y el corazón, en aquel desierto blanco.
Los hallaron sobre una piedra: dos de ellos todavía respiraban, semicongelados, dentro de bolsas de dormir. El tercero había caído varios metros más allá: parecía desmayado pero estaba muerto.
Una noche sin abrigo en la Cordillera es suficiente para morir. Les dieron masajes y ginebra a los bellos durmientes, los bajaron a pulso por la picada y los internaron en el hospital de Bariloche.
La irresponsabilidad de los turistas amateurs produce infinidad de casos idénticos todos los años. Los rescatistas no pueden hablar mucho puesto que antes de ser andinistas responsables fueron irresponsables escaladores de lo imposible.

Búsqueda desesperada
En 1977 el gobernador de Santa Cruz, un comodoro que viajaba con su esposa y varios subordinados, insistió en que su avión Twin Otter levantara vuelo del aeropuerto de Bariloche a pesar del mal tiempo.
Era agosto y hacía un frío terrible. En minutos se cortaron todas las comunicaciones y comenzó la búsqueda desesperada. Gendarmería, el Ejército y la Fuerza Aérea lo rastreaban por toda la zona.
Finalmente, lo localizaron en la ladera oeste del cerro Paleta.
Bottazzi iba en el helicóptero de reconocimiento: tenía ese extraño privilegio porque el lugar era inaccesible por aire y lo necesitaban para que se formara un mapa aproximado del siniestro y luego pudiera guiar con certezas a una comisión terrestre.
Bottazzi subió al cerro por un bosque espeso, con nieve de dos metros, y lo primero que encontró fue una cabeza. El cadáver de la mujer del comodoro había sido decapitado.
Y había unos metros más arriba un bolso lleno de joyas. El Twin Otter estaba deshecho en el fondo de una garganta y todos los tripulantes habían fallecido en el instante mismo del golpe.
Bottazzi sabía que su tiempo se terminaba, que ya no tenía tantas energías como antes, pero tardó todavía varios años en aceptar el retiro
Al final lo hizo con honores, y se dedicó a la política y a los negocios, y a estudiar para aprender y para mantener lúcida su mente.
Habría tenido realmente un suave aterrizaje otoñal si no hubiera sido porque conocía a Erich Priebke y, como la mayoría de la sociedad barilochense, le guardaba una gran estima.
Priebke fue durante cincuenta años un vecino ejemplar y solidario después de haber sido un cruel e imperdonable asesino.
En 1994, creyendo que los horrores de la memoria también prescribían, cedió al ego de darle una entrevista a una cadena de noticias internacional.
Los fantasmas de 335 italianos ultimados en lo que se denominó la Masacre de las Fosas Ardeatinas regresaron de pronto para ajustar cuentas.
Priebke fue miembro de las SS y cumplió una orden de Hitler: por cada alemán muerto a manos de la resistencia debían ejecutar a diez italianos.
El 24 de marzo de 1944 Priebke y sus camaradas llevaron a 335 personas a unas minas abandonadas en las afueras de Roma y las mataron, en grupos de a cinco, con tiros en la nuca.
Después, el nazi huyó a la Argentina y se radicó en Bariloche, donde se reconvirtió en el más pacífico y activo habitante de esa comunidad bucólica.
Bottazzi era vicecónsul de Italia en Bariloche y no podía creer que aquel hombre aparentemente cabal hubiese cometido semejante carnicería.
Desde esa llanura sintió que la opinión pública cometía una terrible injusticia con su vecino y que él estaba obligado, por honor, a escalar esa montaña y rescatarlo.
Lo hizo con el mismo empeño y ardorosa bravura con que había emprendido otras misiones. Se volvió ciego y sordo a los argumentos y, acostumbrado a dar la palabra, confió en la palabra de Priebke, quien le juraba inocencia.
Carlo renunció al consulado y dio batalla, ganándose involuntariamente enemigos donde él tenía grandes amigos de siempre: en la comunidad judía.
De pronto, Carlo Bottazzi, antifascista, crítico público de la dictadura, militante radical, concejal de la democracia y propalador de las ideas libertarias y de la tolerancia, estaba en el centro de las broncas y del huracán.
Una tarde, Carlo visitó a Priebke, que ya estaba bajo custodia, y le dijo: “Vos sos inocente; no esperes la extradición. Presentate en Roma y aclará todo”. Priebke le respondió que no confiaba en la justicia italiana.
“Bueno, entonces andá directamente a la Corte de La Haya”, le sugirió el hombre de la montaña. Pero el alemán no estaba dispuesto. Carlo se fue aquella tarde con una espina de incredulidad clavada en el corazón.
Luego vio que Priebke había contratado a un costoso abogado que antes había defendido a los genocidas del Proceso, y ese dato le dio escalofríos.
El nazi fue deportado a Italia y juzgado con dureza, y tiene actualmente detención domiciliaria. Bottazzi sabe finalmente que su vecino era culpable, y siente los raspones en el alma que le dejó aquella fiera equivocación.
Priebke fue, al fin de cuentas, la montaña más resbaladiza de toda su carrera.
Hace poco Carlo le envió una carta para pedirle que antes de morir abriera la ventana y gritara su culpabilidad por “haber aceptado formar parte de las SS y también por haber aceptado la barbarie que ello significaba.
Gritá que estás arrepentido y que el grito sea tan fuerte como para que lo escuchen los vivos y los muertos. Abandoná tu insensato orgullo militar?Gritalo fuerte antes de morir”.
Al final, la carta de Carlo Bottazzi señalaba: “Yo que también estuve junto a vos, y me he sentido engañado y por eso me alejé, si escuchara ese grito me sentiría reconfortado y lloraría contigo por todos los que ya no están”. Priebke jamás respondió a esa carta dolida.
Ahora Bottazzi tiene los ojos nublados, y entonces le pido que nos alejemos de las Fosas Ardeatinas y volvamos a la montaña. Carlo recupera un poco el brillo y me pregunta qué quiero. Es muy simple.
Quiero que cierre los ojos como si se estuviera muriendo y me cuente qué ve allá en las altas nieves. Ve a los 17 cóndores, y también las huellas de un puma dentro de las huellas de un venado.
El rescatista seguía al puma y éste al venado: una extraña persecución inútil que duró horas y que simboliza acaso los vanos pero gloriosos intentos del ser humano por alcanzar lo inalcanzable.
Carlo me dice, con los ojos cerrados, que hay un refugio y un fogón. Las caras tiznadas por el cansancio y el viento.
Y el café y las voces nostalgiosas de lo que se ha perdido o perderá: “Allá arriba por las montañas, entre bosques y valles de oro, tras rocas y piedras, se escucha una canción de amor”.

CARLO BOTTAZZI Decano de los rescatistas de montaña
Vida : nació en Vigevano (Italia) en 1930. Se afincó en Bariloche en 1953. Tiene de su primera esposa 2 hijas y 4 nietos. Y 2 hijos y 3 nietos del primer matrimonio de su actual mujer, a los cuales siente como propios. Estudia filosofía.
Trabajos : fue técnico de máquinas de coser, radios, motos y cocinas. Vendió autos. Fabricó equipos de andinismo. Se dedicó a la industria de la alimentación, abrió un restaurante y tuvo múltiples negocios.
Cargos : fue concejal de la ciudad de Bariloche, presidente del Rotary Club, miembro de Defensa Civil y vicecónsul de Italia en esa ciudad.
Aventuras : fue un notable escalador de montaña y luego un socorrista a lo largo de tres décadas. Y fue jefe de la Comisión de Auxilio del Club Andino durante 16 años. Salvó cientos de vidas.

Relato extraído del libro “La Hermandad del Honor” de Jorge Fernández Díaz

TEMA DE REFLEXIÓN


Menos feriados XL: una buena oportunidad para reflexionar sobre el tiempo de trabajo
En los últimos días la polémica se centró sobre una disposición decretada por el poder ejecutivo que establece la modificación del calendario del presente año. La misma altera el carácter inamovible/trasladable de algunas fechas patrias (el 24 de marzo, el 2 de abril y el 20 de junio, entre las más cuestionadas) así como también la eliminación de varios feriados puentes. 

ANA RAMERI


La imprudencia no fue el único rasgo que definió esta decisión cuando uno observa lo sucedido con la conmemoración del Día Nacional por la Memoria, Verdad y Justicia, una de las fechas más caras para nuestra historia, ya que anida también en ella un halo ideológico a su vez presente en la reducción de la cantidad de fines de semana extra largos. He aquí un tema sensible porque entra en juego en el imaginario colectivo el tándem trabajo/ocio, dupla que claro está, carga con la desgracia del ocio, factor que desde cualquier concepción económica tiene la impresión de todo tipo de adjetivación negativa. “El trabajo dignifica” se dice comúnmente y sin dudas, algo de cierto hay en ello porque, tan sólo desde un punto de vista material, el mismo es el único camino que permite a las mayorías acceder a las condiciones objetivas para la reproducción de su existencia. El ocio, en cambio, se presenta casi como una mala palabra. Será copioso el conglomerado de improperios que emanará de la boca de quien sea acusado de vago. Lo curioso del caso es que muy pocas veces nos preguntamos sobre temas que aparecen como máximas incuestionables, más aun cuando cuenta con una extendida aceptación social (el cuento acerca del “rey desnudo” nos puede dar testimonio de ello). Y en el caso de la falsa dicotomía trabajo - ocio, cualquier intento de remoción de estas ideas productivistas se topará con, nada menos, que la piedra angular del sistema económico: el tiempo de trabajo.
Por ello, las preocupaciones más comunes en la atmósfera del sentido común suelen estar tomadas por la forma del siguiente interrogante ¿cuál es el costo para la actividad económica de tantos feriados? cuestión que resuena incluso con más fuerza en el caso de las huelgas gremiales. En este sentido, nada banal y menos aún ingenua, es la discusión del calendario 2017 por más que así parezca. Discutir el tiempo de trabajo, desde su concepción global -sin entrar en las particularidades de los casos- implica zambullirse de lleno en la disputa de la distribución del excedente económico. Para ponerlo en términos muy sencillos, nuestra riqueza y lo que anualmente se produce tiene contenido e implica un tiempo social de trabajo determinado por la cantidad de horas trabajadas en las jornadas laborales en función del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, como necesidad inmanente al sistema de economía moderna, así como se produce más de lo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo también se trabaja más de lo necesario. Es decir, existe un tiempo de trabajo excedente, siempre puesto en disputa, mayormente apropiado por quienes detentan la propiedad de los medios de producción o del dinero, en su forma más abstracta. Ergo cuanto mayor sea el tiempo de trabajo, mayor será su rendimiento y mayor la valorización del excedente. Si bien lo anterior esta puesto en términos muy estilizados, implica una premisa ideológica fundamental: el tiempo de ocio es privativo de quienes controlan los procesos productivos. Ello viene de antaño. A esta idea se refería George Bataille cuando definió el gasto improductivo, desde una concepción anti utilitarista, como el fin último de toda actividad productiva en manos de la clase dominante. Producir para destruir, no es un lujo que se puedan dar las mayorías sin que ello implique el fin de la historia.
Pero al circunscribirnos al tema de los feriados queda claro entonces la importancia de regentar el tiempo de trabajo. En su administración y su regulación se encuentra la clave organizativa que permite una determinada pauta distributiva. Pero ¿cuál fue la pauta distributiva que se aseguró durante el año 2016? Haciendo un simple ejercicio con la información estadística oficial del PBI, horas trabajadas y salario medio de la economía surge entonces que el valor de la hora trabajada –o en otros términos, el rendimiento económico de la hora de trabajo- es de aproximadamente $245. Sin embargo, el salario medio según la EPH al II trimestre fue de $9.500 lo cual ubicó a la retribución a la fuerza de trabajo por cada hora trabajada en torno a los $57 (considerando una jornada laboral de aproximadamente 8 horas). Es decir, que lo efectivamente pagado al trabajador representa apenas un 23% de lo que se produce. Lo anterior, dicho en términos de jornada laboral implica concluir que de las ocho horas de trabajo, tan sólo 1 hora y 51 minutos son las remuneradas al trabajador (tiempo de trabajo pago) y el resto, 6 horas y 9 minutos, corresponden al tiempo de trabajo impago, apropiado en primera instancia, por el empresario.
En este marco, resulta por lo menos tendencioso el discurso que busca instalar la idea de que el problema de la falta de inversión en la Argentina es el alto costo salarial y que el mismo sólo puede ser actualizado por aumentos en la productividad. Y es justamente en este mismo planteo que se inscribe el argumento productivista que ubica, sólo en el crecimiento económico y por ende una mayor explotación de la fuerza laboral, la causa de todos los males y la resolución de todos los problemas. Lo que se busca correr del centro de debate es la distribución del tiempo de trabajo excedente lo cual implica discutir, como ya se dijo, la distribución del ingreso.
Estamos incluso en una fase del capitalismo mundial en la que existen condiciones objetivas para pensar en una reducción de la jornada laboral gracias al avance exponencial del conocimiento y la tecnología. Es decir, un mismo producto requiere menos tiempo de producción que hace 20 años. El mayor rendimiento económico que sostiene lo anterior permitiría incluso otro reparto del tiempo de trabajo global de manera que los trabajadores puedan alternar su jornada diaria en tiempo de trabajo y tiempo para formación. Por el contrario, y a contramano de la tendencia mundial un reciente informe de la OCDE reveló que Argentina está entre los países que verifica más cantidad de horas trabajadas. Por el contrario, surge que en los países desarrollados se trabaja, en promedio, menos horas que en el resto.

EXORCISMO DIGITAL


Ritos medievales de exorcismo digital
A mediados de los 70, el prejuicio contra las calculadoras electrónicas de bolsillo comenzaba a ceder y en algunos colegios los alumnos podían usarlas durante los exámenes de matemática y física. Con algunos recaudos, por supuesto.


Las autoridades académicas sospechaban, no sin razón, que el discípulo podría, con tales herramientas, resolver problemas y ejercicios de forma automática, o almacenar datos, en lugar de memorizarlos. Pero, afortunadamente, estas máquinas demoníacas tenían un talón de Aquiles. Si se las apagaba, programas y datos se evaporaban de sus chips. En consecuencia, antes de cada examen, el profesor debía cerciorarse de que los alumnos pusieran sus calculadoras en off.

En las queridas aulas del Colegio Nacional de Buenos Aires, hube de asistir atónito a un rito que nos obligaba a mantener las calculadoras en alto para que el docente, que recorría morosamente los pupitres, observara las pantallitas. En no pocas ocasiones, solicitaba, suspicaz y receloso, que se prendiera y se volviera a apagar el dispositivo.
Me había criado entre computadoras, por el trabajo de mi padre, y en cada examen sentía que algo estaba muy mal en ese exorcismo digital, que esa caza de brujas (toda caza de brujas) no se condecía ni con el espíritu de los tiempos ni con el del colegio. No imaginé que en los siguientes meses me vería envuelto en una de las aventuras intelectuales más extrañas y significativas de mi adolescencia; una que, además, sellaría gran parte de mi futuro profesional.



En 1975 -el mismo año en que se fundó Microsoft, un año antes de la creación de Apple-, llegó a mis manos una HP-65. Era la primera calculadora programable de bolsillo y, para no tener que tipear decenas de instrucciones cada vez que se necesitaba correr un programa, ofrecía unas tarjetas magnéticas para almacenar el código. Abuelas del diskette y del pendrive, estas tarjetas venían a sanar el talón de Aquiles en el que tanta confianza habían depositado los profesores.
La física me fascinaba, pero era pésimo con la aritmética, de modo que me aboqué furiosamente a entender el lenguaje de programación de la HP-65. Luego de mucho esfuerzo, pude resolver ecuaciones y fórmulas con sólo apretar una tecla. Mi truco se mostró exitoso en el siguiente examen, cuando, tras el rito de expurgación de las pantallas, cargué mi programa y pude verificar que había resuelto correctamente los ejercicios.

Estaba permitido que nos prestáramos las calculadoras -para que todos atravesáramos el examen en las mismas condiciones-, y, como era de esperarse, mi máquina se volvió súbitamente muy popular. Podría decirse, con toda justicia, que mi primera actividad informática fue la creación y distribución de software clandestino.



Bromas aparte, la providencia había puesto a mi alcance una herramienta revolucionaria en un momento bisagra de la historia de la civilización. Me llevó un verano entero, cientos de horas de estudio y mucho ensayo y error tomarle la mano a este arte nuevo y disruptivo de hilvanar instrucciones de programación. Pero el resultado fue asombroso. Los bienintencionados profesores le daban el visto bueno a la pantalla apagada de mi máquina, repitiendo de una receta que creían infalible y que, sin embargo, había nacido obsoleta. El código es poder; el balance de las fuerzas se había invertido y el software escrito por un chico de 15 años había derrotado a la autoridad académica.
Por entonces, lo admito, sentía que estaba haciendo un poco de trampa. Hoy sé que aquellos primeros palotes en el rústico lenguaje de la HP-65 me enseñaron destrezas que en un lustro se revelarían fundamentales. Se venía un tsunami que arrasaría con todo, y por eso, a la distancia, perturba la foto de las calculadoras en alto. Se parece demasiado a tratar de tapar el sol con las manos.

A. T. 

lunes, 27 de febrero de 2017

LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO

INVESTIGADOR, DR. RICARDO "EL MORDAZ"

LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO
La guerra del fin del mundo, es el nombre del libro homónimo que en 1981 escribió el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. La obra está considerada como una de los mejores relatos del escritor, un hito fundamental en la historia mundial de la novela. Quien empieza a leerla queda atrapado a tal punto que necesita llegar a la última página, para poder cerrar el libro.

Mario Vargas Llosa
Canudos
El relato está basado en un episodio real que ocurrió en 1897 en un poblado situado al nordeste del estado de Bahía en Brasil, en pleno sertón o desierto brasileño, azotado por la sequía y los vientos. Al principio el poblado era un rejunte de pocos ranchos hasta que llegó allí uno de esos personajes que tienen una fuerza interior y una capacidad de convocatoria que los hace únicos entre los demás seres humanos.
Así lo describe Vargas Llosa y es la forma en que inicia su novela: “El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo. Era imposible saber su edad, su procedencia, su historia, pero algo había en su facha tranquila, en sus costumbres frugales, en su imperturbable seriedad que, aún antes de que diera consejos, atraía a las gentes”. En la descripción, a Vargas Llosa se le escapa agregar que aquel forastero tenía una espesa barba negra como el carbón que le ocultaba gran parte del rostro y le llegaba hasta la mitad del pecho.
En realidad, este personaje que fue el organizador y promotor de la llamada guerra de Canudos, y que constituye el eje central de la novela, no era tan desconocido como lo pintó Vargas Llosa. El hombre tenía sus antecedentes, se llamaba Antonio Vicente Méndez Maciel y cuando llegó a Canudos tenía alrededor de 60 años.
A pesar de provenir de una familia de pastores de ovejas que sufrieron la explotación del terrateniente local, Méndez Maciel alcanzó un excelente grado de educación y logró dominar varios idiomas. Se desempeñó como vendedor ambulante y llevó una vida convencional hasta que su mujer lo abandonó seducida por un oficial del ejército.
Desde entonces comenzó a vagar por el sertón sin rumbo fijo hasta recalar en Canudos. Su verdadero nombre y su pasado ya no importaron más, porque se había transformado en otro ser y solo se lo conoció como el “Consejero”. Cuando llegó a Canudos se estableció definitivamente y se puede afirmar que fue el fundador del pueblo ya que debido a su magnetismo y su oratoria afluyeron numerosos habitantes de aldeas vecinas y la población que en su origen contaba con unos pocos centenares de habitantes alcanzó los 25.000 en el momento en que se inició la guerra.
El Consejero

El Consejero, boceto anónimo
El Consejero estaba siempre rodeado por un grupo de personajes variopintos que le eran incondicionales y entre ellos figuraban los cangaceiros o bandidos del sertón. Hombres curtidos y despiadados que vivían del saqueo y estaban acostumbrados a todo tipo de enfrentamientos con las autoridades, pero que quedaron subyugados por el Consejero. Éste los dominó con su personalidad y los puso a su servicio, transformándolos en un elemento imprescindible en las futuras guerras con el gobierno. A este conjunto humano la historia y Vargas Llosa los denominó “yagunzos”, término que se extendió a todos los habitantes de Canudos. Cualquier contacto y conversación entre los yagunzos se iniciaba con el siguiente saludo: “Alabado sea el buen Jesús Consejero”.

Los cangaceiros por sus tácticas y conocimiento de la región fueron fundamentales en la guerra de Canudos
El Consejero declaró la República de Canudos, estableció un sistema socio económico de estilo comunista, con fuerte impronta místico religiosa. Abolió el matrimonio civil, la moneda oficial fue reemplazada por el trueque y estableció una moral rígida prohibiendo las tavernas, el consumo de bebidas alcohólicas y la prostitución. Muchos esclavos y campesinos explotados por los terratenientes escaparon de sus amos y se asentaron en Canudos. La gota que derramó el vaso fue la orden del Consejero de no pagar los impuestos.

José Wilker como El Consejero en la película Canudos dirigida por Sergio Resende (1997)
El gobierno central que hacía poco se había desprendido de la monarquía para constituir la República de Brasil, consideró a los sucesos de Canudos como una amenaza a su autoridad. Además, los grandes hacendados influenciaron con sus quejas para que se tomaran medidas drásticas contra el Consejero y sus fanáticos seguidores. Si el gobierno pensó que sería fácil eliminar este movimiento subversivo se equivocó totalmente como se verá a continuación.
Guerra de Canudos
Primera expedición. El 24 de noviembre de 1896 se lanzó la primera expedición militar, bajo el mando del Teniente Manuel da Silva Pires Ferreira. El Consejero en sus sermones había profetizado que las fuerzas del “Perro” vendrían a prenderlo y pasarían a cuchillo a sus habitantes.
En realidad la orden que tenía el teniente era arrestar a ese cabecilla mesiánico y para cumplirla se dirigió hacia Canudos con una compañía del Noveno Batallón de Infantería de Bahía, algo más de 100 hombres. Cifra más que suficiente para arrestar a ese loco, pero no para combatir a los yagunzos que en forma incondicional y entusiasta estaban a su servicio.
La noche anterior al encuentro, el Consejero dio un sermón electrizante y antes de que despuntara el alba, un grupo numeroso de pobladores con los cangaceiros a la cabeza salieron a enfrentar al “demonio” o a los “perros”. Poseían muy pocas armas de fuego y la gran mayoría portaba, cuchillos, hoces, machetes, hondas, ballestas de cacería, palos y piedras.
Caminaron 10 leguas cantando, rezando y vitoreando a Dios y al Consejero. Parecían más una multitud festiva o una procesión religiosa que una fuerza combatiente, hasta que enfrentaron a la compañía que se había atrincherado en el pueblo vecino.
Los somnolientos soldados, después de 12 días de marcha, no entendían lo que pasaba ni los cánticos que los despertaban, pero en cuanto lograron recuperarse, como estaban armados hicieron estragos en las primeras filas de los rebeldes. Estos no retrocedieron ni un instante y terminaron poniendo en fuga a los uniformados que abandonaron sus armas y desalados se dispersaron a campo traviesa.
Un día y medio después de desandar las 10 leguas los yagunzos entraron al pueblo dando vivas al Consejero y aplaudidos por el resto de los habitantes.
Segunda expedición. Tres meses después del final catastrófico de la primera expedición, se lanzó una segunda como más de 600 efectivos, dos cañones Krupp y dos ametralladoras, al mando del Mayor Febronio de Brito. Cuando llegaron al pueblo de Queimada donde hicieron un alto, realizaron un desfile militar frente a la plaza, seguido del discurso de bienvenida del alcalde. Espías del Consejero partieron hacia Canudos para brindar todos los detalles de la nueva expedición.
Antes de llegar a Canudos, la falta de alimentos en la tropa se agudizó y debieron sacrificar los animales de arrastre. Los yagunzos le salieron al encuentro en una zona montañosa y se produjo una encarnizada lucha donde las ametralladoras y los cañones Krupp redujeron los yagunzos a la mitad.
Al caer la noche los soldados estaban rendidos pero alegres, pensando que al día siguiente ingresarían en Canudos y terminarían con este azote. Febronio de Brito decidió acampar en un valle. Pero al poco tiempo, mientras pasaban revista de muertos y heridos y aún se estaban incorporando soldados de la retaguardia, les cayó encima un alud de hombres y mujeres de todas las edades que estaban en condiciones de pelear. A los gritos de perros, infieles y masones, atacaron a la expedición desde diversos ángulos con todo tipo de armas.
La fuerza de Febronio de Brito se desparramó en estampida en todas direcciones, dejando en el terreno partes del uniforme, objetos personales y las armas, que fueron recolectadas por los yagunzos. Los cañones Krupp fueron arrancados de sus cureñas y arrastrados a Canudos para fundirlos.
Tercera expedición. En marzo de 1897 se lanzó la tercera expedición, esta vez de 1400 hombres y comandada por el Coronel Moreira César, hombre altivo y presuntuoso, totalmente convencido que la campaña sería rápida. No podía entender las derrotas anteriores a manos de un grupo de andrajosos, pésimamente armados. En Queimada, el paso obligado para llegar a Canudos, se presentaron ante el coronel el Teniente Pires Ferreira y el Mayor Febronio de Brito. Ambos se ofrecieron a integrar el Séptimo Regimiento. Moreira César los miró con desprecio y dirigiéndose al Mayor lo acusó de haberse hecho derrotar como un novato y los mandó a la retaguardia a encargarse de los enfermos y del ganado.

Coronel Antonio Moreira Cesar
Cuando el regimiento alcanzó la cumbre de una sierra, los soldados vieron por fin a Canudos en un pequeño valle. Los cañones Krupp comenzaron a bombardear la ciudad y varias casas estallaron en llamaradas. La tropa descendió la colina y en el instante en que se aprestó a vadear el río recibió una descarga de los yagunzos camuflados entre piedras y arbustos que hizo estragos en la avanzada. Comenzó una lucha cuerpo a cuerpo y finalmente los soldados ingresaron al pueblo matando habitantes e incendiando las casas. Realizaron tres cargas de infantería y caballería, pero las tres veces fueron rechazados por los pobladores. Mientras Moreira César agonizaba con el abdomen destrozado por un proyectil, sus subalternos dieron la orden de retirada.
El regimiento perdió más de 300 hombres y decenas de oficiales masacrados. Los sobrevivientes llegaron al próximo pueblo semidesnudos, desvariando por la sed y la fatiga y sin sus armas que quedaron esparcidas en el campo de batalla. Fue todo lo que quedó del Séptimo Regimiento.
Cuarta expedición. A esta altura de los acontecimientos, Canudos figuraba en la primera plana de todos los diarios y en Brasil no se hablaba de otra cosa que de ese grupo de bandidos y desarrapados fanáticos que habían derrotado a tres expediciones militares. Voces de alarma clamaban que la república estaba en peligro, que el ejército estaba constituido por principiantes y que había que limpiar las afrentas recibidas o ese flagelo se extendería como una marea por el resto del territorio.
La cuarta expedición se diseñó con la ayuda de un gabinete de Guerra y al comando de la misma el gobierno designó al General Arthur Oscar de Andrade Guimarães e incluyó la participación directa del Ministro de Guerra, quien se estableció en Monte Santo, un pueblo vecino de Canudos.

General Arthur Oscar de Andrade Guimarães
La expedición estaba constituida por tres brigadas, ocho batallones de infantería y dos de artillería, morteros y numerosos cañones, entre ellos uno gigantesco llamado “La Matadeira”, que necesitaba ser tirado por una larga yunta de bueyes. Esta fuerza de tres mil hombres comenzó a desplazarse penosamente hacia Canudos. A la espera del ataque, los yagunzos no la estaban pasando nada bien, el hambre, la desnutrición, las fuertes pérdidas sufridas en los ataques anteriores y la escasa disponibilidad de armas de fuego los colocaba en una situación muy desequilibrada para enfrentar al enemigo.
La población debió soportar un bombardeo devastador y resistió numerosos ataques de la infantería y caballería hasta que al cabo de 35 días de lucha, las fuerzas del gobierno, después de sufrir cientos de bajas, tomaron control de Canudos.
La mayoría de los hombres fueron degollados, las mujeres violadas antes de matarlas y las de mejor apariencia física fueron enviadas a engrosar los burdeles de El Salvador. El Consejero había muerto unos días antes de disentería, pero una vez ubicada su sepultura lo desenterraron y su cabeza, colocada en el extremo de una pica, fue paseada triunfalmente hasta la capital de la provincia.
La guerra de Canudos había durado poco menos de once meses, desde el 24 de noviembre de 1986 hasta el 2 de octubre de 1897. Solo sobrevivieron 150 yagunzos quienes estaban convencidos de que el Consejero había subido a los cielos de las manos de dos arcángeles.


Mario Vargas Llosa. La guerra del fin del mundo. Seix Barral, Buenos Aires 1981.
War of Canudos. Wikipedia, the free Encyclopedia.
Jorge de Gregorio. Brasil para todos. Guerra de Canudos. http://culturabrasilera.blogspot.com.ar/2009/07/historia-guerra-de-canudos.html

IDENTIDAD CULTURAL


LA IDENTIDAD CULTURAL EN EL CINE


CÓMO SE EXPRESAN LAS IDENTIDADES ARGENTINA Y SURAMERICANA, A TRAVÉS DE IMÁGENES Y SONIDOS SEGÚN EL CINE.

ECONOMÍA; MARTÍN TETAZ

Si la inflación baja, la economía se reactiva



Esta semana, por la falta de cintura política del Gobierno, una noticia que debería haber sido muy buena para la economía, terminó pidiendo la hora y colgada del travesaño.
En efecto, por la Ley de movilidad jubilatoria, no solo los pagos que reciben todos los trabajadores retirados, sino también las AUH y el resto de las asignaciones familiares se incrementan un 12,96 a partir de marzo superando, por primera vez desde el cambio de gobierno, a la evolución de la inflación en los últimos seis meses, que según el INDEC fue del 8,1% y según el IPC Congreso ascendió a 9,6%.
Por supuesto, esto no quiere decir que un jubilado que gana la mínima y que a partir del mes próximo embolsará $6.394 esté bien ni mucho menos. Las jubilaciones son una miseria y si no fuera porque muchos de nuestros abuelos reciben otro tipo de ayuda familiar, la inmensa mayoría quedaría hundida en la pobreza.
Pero lo que sí muestra es que todos los miembros de la tercera edad y los perceptores de asignaciones que habían visto caer su capacidad adquisitiva con la aceleración de la inflación en el primer semestre del 2016, ahora empiezan a recuperar capacidad de compra y en la medida que la inflación continúe bajando es muy probable que en los próximos aumentos semestrales los jubilados sigan ganándole a los precios.
Esto ocurre porque la fórmula de actualización que impone la ley, ajusta las prestaciones mirando lo que ocurrió en materia de recaudación tributaria, aumentos salariales y recursos de la seguridad social, en los últimos seis meses, por lo que cuando la inflación viene subiendo la recomposición de jubilaciones y asignaciones queda atrasada. Del mismo modo, cuando los precios empiezan a frenarse, la fórmula de la actualización presenta inercia y produce aumentos por encima de la inflación.
¿Y LAS PARITARIAS?
Con la inflación de los últimos seis meses por debajo del 10% medida con cualquier índice oficial o privado alternativo, es muy probable que ocurra una cosa parecida con los aumentos salariales negociados por los trabajadores y que la capacidad adquisitiva de los laburantes se recupere durante 2017.
El problema es que todavía existe incertidumbre respecto de si la tendencia que los precios mostraron en los últimos meses se mantendrá o si, por el contrario, la ola de aumentos recientemente anunciados, la empujará nuevamente al alza. Primero fue la nafta la que trepó 8% en enero, después vino la suba de la luz que en promedio asciende a 68%, llegó entonces el anuncio de los peajes escalando entre 25% y hasta 120% según el horario y desde febrero subieron también las prepagas otro 6%. Sobre llovido, las compañías de celulares anunciaron una remarcación del orden del 12% en sus abonos, lo propio ocurrirá en marzo con el colegio de los chicos y en abril con el gas.
Es cierto que en muchos casos todavía esos aumentos están por debajo del 17% de inflación que el Gobierno espera para este año y que, en otros casos, como ocurre con la factura de la luz, la incidencia en el presupuesto de los hogares es muy baja y el impacto real en el bolsillo se diluye bastante; por ejemplo 35% de los hogares de Área Metropolitana de Buenos Aires tienen tarifa social y recibirán en promedio un aumento de solo $26 en la luz, al tiempo que el 70% de los hogares restantes acabarán sufriendo subas menores a los $200. Pero todo suma.
LA FUERZA DEL GATILLO
Desde aquí venimos insistiendo hace tiempo en que existe sin embargo una fórmula para asegurar que este año las paritarias le ganen a la inflación. Los primeros acuerdos firmados van por suerte en esa línea, con variantes interesantes.
El puntapié inicial lo dieron los empleados públicos de la provincia de Buenos Aires (aún resta el acuerdo con los docentes), que firmaron un 18% en cuatro actualizaciones de 4,5% cada una, pero con la particularidad que, si en alguno de esos trimestres la inflación resulta superior a esa cifra, pues el aumento correspondiente será el de esa inflación, garantizando que no hay modo de que esos trabajadores pierdan capacidad adquisitiva.
Esta semana cerraron un acuerdo los bancarios, con una recomposición del 24% pero con un gatillo en 19,5 de manera tal que si los precios corrieran más rápido que ese nivel, se dispararía un aumento adicional de manera automática, sin que requiera ninguna negociación ulterior. Se asegura el gremio de ese modo, que durante 2017 los salarios le ganarán a la inflación por lo menos por 4,5% pudiendo ser mayor aun la suba de la capacidad adquisitiva si el IPC del INDEC acaba por debajo del 19%.
Por supuesto, lo que cada gremio consiga por encima de la inflación, dependerá de lo que puede pagar cada sector, porque no es lo mismo el sistema financiero, que la industria textil, o la de fabricación de lavarropas, por poner dos casos que no tienen tanto margen para aumentar salarios, porque han sufrido una fuerte contracción de ventas durante 2016. Pero claramente la cláusula gatillo asegura que lo que se acuerde en la mesa de negociaciones no se pierda después en la góndola.
Con salarios, jubilaciones y asignaciones creciendo por encima de la inflación, se recuperará el consumo y empujará a la demanda agregada de la economía. La clave es que el sistema de precios, incluido el dólar, ahora funcione para que señalice los sectores donde la mayor demanda requiere de inversiones y empleo.

¿TOMAMOS UN TÉ?


Las Violetas
Medrano y Rivadavia
Nació un día de primavera, el 21 de septiembre de 1884, y desde entonces Las Violetas florece en la esquina de Rivadavia y Medrano.
Cuando se fundó, la calle Rivadavia estaba atravesada por un tranvía tirado a caballo. La confitería se plantó con elegancia en una de las paradas del tranvía, contrastando con la pulpería que se ubicaba justo en diagonal.
Entre 1998 y el 2001 estuvo cerrada, y mucho se temió por su pérdida. Pero finalmente reabrió, y los trabajos de restauración salvaron su fisonomía y sus tesoros arquitectónicos.
Entrar allí es perderse en un mundo coqueto y mágico. Es abrir una caja de bombones. Es habitar una caja de música.
Hay que estar muy despierto, para no perderse detalle.
Primero el pequeño mundo de tu mesa: la silla de tapizado bordó, la tapa de mármol de carrara, la masita de crema que acompaña el café, o la bandeja exquisita del Té María Cala, las servilletitas con el logo violeta, los sobres de azúcar que replican los vitrales.
Luego, echarse a circular por el salón, subir la escalinata, observar la panorámica: espejos, cuadros, tulipas, arañas, columnas engalanadas de dorado, la boiserie lustrada.
Sus emblemáticos vitrales (tiene 80m2 de vitraux) fueron realizados con materiales franceses pero diseñados en Buenos Aires por Antonio Estruch, quien ya había hecho los del Café Tortoni.
Entrar a Las Violetas nos trae a la memoria imágenes de la Belle Époque.
Su vidriera se engalana de adornos recargados, máscaras, tazas, globos de corazón, cintas de colores.
Sus vitrinas con tortas ornamentadas y puro placer.
Ante tanto despliegue me invade un recuerdo banal, el de sus sándwiches de miga. Porque de joven yo estudiaba muy cerca de allí, entonces a veces antes de volver a mi casa pasaba a comprar esos manjares.
En sus mesas recuerdo haber escrito por primera vez un cuento, con letra desprolija en servilletas de papel, y experimentar la convicción de que yo tenía cosas para contar. No tengo esa servilleta guardada pero si recuerdo la historia. Era la de una sutil despedida de dos amantes apasionados.
Manos que se entrelazan. Manos que se separan. Un café compartido. Una lágrima.











EN EL "ESPACIO MENTE ABIERTA"; ENRIQUE AGUILAR Y EL LIBERALISMO


La doctrina de los derechos individuales es desacreditada en América latina sobre la base de argumentos erróneos
Enrique Aguilar 



En los estudios de teoría política es frecuente encontrar referencias alusivas a la pluralidad de lenguajes y corrientes que conviven, amigablemente o no, dentro de la llamada tradición liberal. También existen desarrollos tendientes a identificar, entre estas últimas (contractualistas, conservadoras, radicales, utilitaristas, libertarias u otra denominación en uso), algunos rasgos comunes. A título ilustrativo, cabe recordar la caracterización que hace tiempo hizo John Gray de la concepción liberal del hombre y de la sociedad sobre la base de estos cuatro elementos: la afirmación de la primacía de la persona, el reconocimiento de que todos los hombres tienen el mismo estatus moral, la defensa de la unidad de la especie humana y, finalmente, la creencia en la posibilidad de mejoramiento de cualquier institución social.
Sin embargo, a falta de una definición universalmente aceptable, no parece desacertado apelar a un presupuesto todavía más básico como es la idea según la cual el poder tiene límites que están fijados de antemano por los derechos individuales, generalmente considerados como naturales, inalienables e imprescriptibles. Entre éstos, el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, para evocar la célebre fórmula que preside la declaración de independencia norteamericana. Puesto de otra manera, el liberalismo en singular, en su acepción más simple y divulgada, es esencialmente eso: una teoría del gobierno limitado.
Se podrá discutir si los derechos individuales tienen origen en la naturaleza o en convenciones históricas. Igualmente caben desacuerdos en torno a la posible relación entre el liberalismo político y el liberalismo económico, que para algunos autores son inseparables, mientras que otros los distinguen con argumentos acerca de sus respectivas genealogías y alcances, o bajo el supuesto de que la defensa del libre comercio se inscribiría en el terreno de los medios, pero no de los fines (una cuestión de conveniencias en vez de un imperativo). Y, desde luego, cabe preguntarse si los límites a la acción del gobierno (que el liberalismo ve como un mal necesario) y la consecuente protección de los derechos dependen prioritariamente de los diseños y marcos institucionales, de la cultura política prevaleciente o aun de la influencia recíproca entre ambos factores. No obstante, siempre estará presente ese núcleo duro o denominador común, que podríamos calificar como "no negociable" aunque expuesto a diario a ser ignorado por los gobernantes, dada la natural tendencia del poder a expandirse e incurrir en abusos.
He ahí un punto que parece clave. La crítica al ejercicio arbitrario del poder, en sus diferentes grados y apelativos, desde la tiranía antigua hasta el totalitarismo moderno, atraviesa toda la larga historia del pensamiento político. Se trata, en efecto, de una preocupación tan vieja como la memoria política que el liberalismo a su tiempo haría suya enarbolándola como bandera. Pero el tema central del liberalismo, antes que el poder opresivo o desmesurado, es el poder en sí, incluso el legítimamente establecido, porque al indagar en su naturaleza descubre que no hay poder que no tienda de suyo a extralimitarse a menos que se lo contenga con instrumentos adecuados. La rivalidad entre el poder y la libertad, o, si se prefiere, el poder visto como amenaza de la libertad, es entonces la razón de ser del liberalismo.
Ahora bien, como es sabido, tanto en América latina, en general, como en la Argentina, en particular, el liberalismo viene siendo objeto de un notorio descrédito. Nos sorprendería ver que no se lo identificara con las leyes inclementes del mercado, con el "capitalismo salvaje", con nuestras pavorosas desigualdades sociales o, lo que es peor todavía, con regímenes de facto que aplicaron recetas antiestatistas mientras cometían crímenes aberrantes, violaban masivamente derechos e impedían cualquier manifestación de vida democrática. Nada más extraño al credo liberal que todo esto.
Lo mismo podría aducirse con respecto a los años noventa. ¿Fueron realmente liberales quienes, amparados en la apertura económica y las privatizaciones, hicieron la vista gorda a la manipulación institucional, el gobierno por decreto y la recordada "mayoría automática" del menemismo? ¿Puede llamarse liberal un gobierno que incurre en tales excesos? Si bien se mira, quizás haya sido esa época (que, al decir de Enrique Valiente Noailles, puso al descubierto nuestra "profunda inmoralidad colectiva" y una generalizada tolerancia a la ausencia de reglas) la más decisiva no sólo para la suerte futura del liberalismo, sino además para el significado que solemos asignar a otro vocablo, "república", el cual por mala conciencia nos inhibimos de asociar nominalmente al liberalismo.
La cosa resulta curiosa, porque lo que en los últimos lustros se ha venido reclamando en nombre de una mejor "república" son atributos que, en gran medida, provienen de la teoría y la praxis del liberalismo político. Por ejemplo, la distribución del poder en distintos departamentos que se contienen y fiscalizan unos a otros o la existencia de una justicia independiente del poder político. James Madison las llamó "precauciones auxiliares", que, "a falta de móviles más altos", complementan la legitimidad democrática como medios de sujetar a quienes nos gobiernan. En otros términos, hoy la república se nos presenta más claramente ligada a la existencia de un diseño institucional liberal que nos preserve de la discrecionalidad de los gobernantes que a la virtud cívica, los ideales patrióticos o aun (en algunas variantes) la participación de los ciudadanos en las decisiones públicas en tanto rasgos distintivos de un republicanismo de filiación clásica que se presenta como propuesta alternativa al liberalismo.
Isaiah Berlin afirmaba que "algunos seres humanos han preferido la paz de la cárcel, una seguridad satisfecha y una sensación de haber encontrado por fin el puesto adecuado que uno tiene en el cosmos a los dolorosos conflictos y perplejidades de la desordenada libertad del mundo que está fuera de los muros de la prisión". El liberalismo, en cambio, ha promovido siempre la opción inversa. Para sus detractores de izquierda y de derecha, para los defensores de la sociedad cerrada y los relatos colectivistas, para el populismo, para los enemigos de la libertad de pensamiento y de la libertad de prensa, el liberalismo será siempre el malo de la película, el villano preferido, el sospechoso a quien endosar todas los males pasados, presentes y venideros, sea para purgar las responsabilidades propias, por complicidad, oportunismo electoral o por pura pereza intelectual. Probablemente haya perdido, como sugiere Sartori, "la guerra de las palabras" y se encuentre sumido en una crisis de identidad. Sin embargo, dondequiera que la libertad se encuentre en peligro, su antorcha permanecerá encendida y seguramente se alzarán manos dispuestas a portarla.
Profesor de teoría política

LA PALABRA




"Quien te quiere te hará llorar." La madre repetía la frase como quien se hace cargo de una verdad revelada. Se sentía sabia al decirla y justificada al actuarla. Se encargó de que la hija supiera, desde temprana edad, cuán enorme era el amor que sentía por ella. Hasta que un día la hija decidió que, frente a ciertos destinos familiares, la mejor defensa no es el ataque, sino la huida. Se hizo adicta a los viajes.
A veces pasa. Ordenás la biblioteca, se cae un libro, leés una dedicatoria, una fecha. Y el tiempo se vuelve menos lineal de lo habitual. La letra de Natalia, a quien conocí durante un verano de mochilas, hostalesy praias brasileñas, asomó desde las primeras páginas de un libro de John Berger. En aquel momento, Natalia leía Cada vez que decimos adiós. "Este hombre me salvó", me diría, con esa facilidad para la confesión que a veces dan los encuentros en el extranjero. Me habló de su madre, del tortuoso ejercicio de un afecto que la había vuelto una niña taciturna, desconfiada, con la piel prematuramente endurecida. Me reveló la llave del paraíso inestable que se había ido construyendo: conseguir trabajos más o menos precarios, más o menos temporales; ahorrar, viajar. Regresar fugazmente, volver a irse. Coquetear con la idea de volverse declaradamente nómade.



Iba sola. La admonición materna le había atravesado el corazón. No importaba cuánto se riera de aquellas palabras: se notaba que la herida era profunda, antigua, oscuramente tangible.
"Me salvó Berger. Me salvó la escuela. Me salvó una docente", insistía, al recordar la bruma inmóvil en que se había convertido su adolescencia. Me contó del día en que una profesora relató su experiencia en una escuela de un barrio difícil. "Nos dijo que, a poco de empezar a dar clases allí, un chico le arrojó un banco por la cabeza -me narraba, a su vez, Natalia-. Primero sintió susto y rabia; después, trató de pensar en lo que había ocurrido. Concluyó que ese pibe, en realidad, le estaba pidiendo auxilio. Intentaba desesperadamente llamar la atención." A su modo, Natalia tomó el ejemplo. No le tiró un banco a nadie, pero en una clase de Literatura escribió algo -no me quiso dar detalles- que hizo que la docente se acercara a ella. Solitaria hija de solitarios, el erizo empecinado que era Natalia había tendido un mínimo puente hacia alguien. Más que hablar, la profesora escuchó, miró, sonrió. Le sugirió lecturas. Le habló de algo llamado taller de escritura, le comentó que en la escuela se estaba abriendo uno, a contraturno. La invitó a participar.




Así fue. Una vez por semana, cuando la luz del sol empezaba a ralear, Natalia salía de su casa y reemprendía el camino a la escuela, en busca de los talleres que funcionaban por fuera del horario escolar, en la delicia del edificio semivacío, igual pero distinto del que habitaba cada mañana. Una vez por semana, entre libros, juegos textuales y palabra liberada, recibía la bocanada de oxígeno que le permitía seguir andando. Por entre la maraña de una tristeza que casi se le había vuelto modo de ser, alguien le había lanzado una discreta soga. Ella la tomó con el fervor de los sobrevivientes.Poco tiempo después -justo antes de largarse a viajar-, alguien le habló de Porca tierra y John Berger. "Fue enamoramiento a primera lectura -sonrió-. Empecé con ese libro y no paré más." Por aquello de la madre que "vierte sopa para nuestros días/vierte sueño para la noche/vierte años para mis hijos". Por la voz profundamente amorosa del autor británico, incluso en sus novelas y ensayos más atravesados por la furia o la denuncia.

 "Cada vez que leo uno de sus libros siento que querer es posible", me decía la chica que alguna vez dejaría de viajar sola. Y me mostraba las frases que había subrayado en "Madre", uno de los textos de Cada vez que decimos adiós: "El amor, mi madre solía decir, es lo único que cuenta en este mundo. El amor verdadero, solía agregar, para evitar cualquier malentendido"
D. F. I.