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lunes, 31 de octubre de 2016

UNA ÍNFIMA PARTÍCULA EN EL UNIVERSO


Han transcurrido millones de años, y sin embargo seguimos a la intemperie, en cuclillas y con la cabeza en alto, desnudos y frágiles, mirando el cielo y las estrellas e interrogándonos sobre el principio de todas las cosas. Quizá la respuesta a todas las preguntas esté en el centro de la Tierra o en el fondo del mar, pero, tal como ocurre desde un tiempo inmemorial, cada vez que queremos resolver esos misterios nos empecinamos en escudriñar el universo.  Juno -una sonda de la NASA- entró en la órbita de Júpiter el 5 de julio, y durante los próximos veinte meses estudiará ese planeta hecho de hidrógeno y de helio, un mundo helado con sus nubes espesas y sus tormentas demenciales que -se ilusionan los científicos- acaso contenga información sobre los orígenes del sistema solar.

Nunca antes una expedición había llegado tan cerca de este gigante: la nave orbitará a unos cinco mil kilómetros de la superficie de Júpiter, diez veces más cerca de lo que pudieron hacerlo sus predecesores. Las primeras imágenes en video que pudimos ver son, desde cierta perspectiva, sobrecogedoras: observamos el modo en que algunos satélites jovianos (las lunas Europa, Calisto y Ganímedes) giran en torno del planeta. En ese momento nos asalta un sentimiento parecido al que provoca la magia: nos fascina la posibilidad de que nos sea develado el misterio, pero en el fondo de nuestro corazón deseamos que no se rompa ese hechizo. 
Es el triunfo de la ilusión.
Todavía recuerdo la conmoción que me produjo en mi adolescencia asistir a la proyección de 2001, odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Es un film espectral, una ensoñación poética que alienta la interrogación metafísica. Hay dos o tres escenas memorables. La primera de ellas inaugura la historia: un grupo de primates lucha por la supervivencia; cuando uno de ellos arroja al aire un hueso del esqueleto de un animal devastado, de súbito viajamos al futuro: estamos, ahora, en una nave espacial que pronto irá a explorar Júpiter.

La noche en que vi 2001, odisea del espacio no pude conciliar el sueño. Me produjeron una rara perturbación las imágenes de los tres tripulantes que viajaban (y viajan todavía en ese sueño que es el cine) en estado de hibernación, con sus cuerpos a tres grados de temperatura y habiendo perdido sus conciencias el sentido del tiempo y el corazón latiendo tres veces por minuto. Tres sarcófagos blancos de cara al cielo.
Se ha escrito tanto sobre la película de Kubrick, se ha procurado comprenderla de tantas maneras, y pese a ello sigue siendo una historia hermosamente enigmática. Sus misterios son los misterios del mundo. Es ése el formidable e invencible poder de su poesía.


La noche en que Juno entró en órbita tomé de la biblioteca un viejo ejemplar de El hombre ilustrado. En esa fabulosa serie de relatos de Ray Bradbury encontré un cuento que me acompaña desde que lo leí a los veinte años. Se titula "El hombre del cohete". Es la historia de un viajero del espacio a quien aguardan su mujer y su hijo. Cada tanto regresa a la casa, pero vuelve a partir, fatalmente. Una noche, mientras sus padres duermen en uno de esos fugaces regresos del viajero del espacio, el niño se inmiscuye en el dormitorio y se lleva consigo una pequeña maleta. Dentro de ella encuentra el uniforme de su padre: un traje oscuro con botones de plata y pequeñas estrellas que titilan como luciérnagas. Pero lo que más atrae su atención es el olor de esa prenda: acercándosela al rostro, huele los aromas del espacio. Huele el hierro y la hiedra, el azufre y el fuego; huele el polvo de los meteoros y el de las colas de los cometas. Sueña que su padre alguna vez le traerá regalos de esos mundos desconocidos (minerales negros de Calisto, fragmentos de meteoros o arena azul) como lo hacen otros padres con sus hijos cuando vuelven de sus travesías inverosímiles.



Esa madrugada el muchachito se duerme con el pulso palpitante y un frasquito que contiene esos polvos mágicos en un bolsillo de su pijama que está a la altura del corazón. Así sucederá casi todas las noches en el fatídico porvenir: él aguardará que su padre regrese a abrazarlo y darle cobijo, pero durante esa espera sentirá una puntada en el pecho: en el fondo de su alma herida, sabe que su padre volverá a dejarlo a la intemperie, volverá a abandonarlo. Todavía ahora, cuando releo esa historia, un nudo me cierra la garganta
V. H. G.

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