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lunes, 24 de octubre de 2016

TIEMPO QUE DEGLUTE Y VOMITA


¿Miraríamos el arco iris si estuviera permanentemente en el cielo? El poeta, ensayista y novelista alemán Berthold Auerbach, hoy olvidado pero muy leído en su tiempo (sobre todo sus Cuentos de la Selva Negra) afirmaba que no. Comparaba la irrupción de ese espectro de colores con la novedad. Esta atrae la atención hasta que se convierte en costumbre y entonces su magnetismo se esfuma. A su vez Gustave Flaubert, autor de la siempre presente Madame Bovary y maestro del realismo, veía a la novedad como un vestido que cae pronto y deja al desnudo las formas eternas de aquello que cubre, incluida la pasión.

Novedad, innovación, actualización, renovación son hoy una suerte de mandamientos de cumplimiento obligatorio para quien pretenda ser tomado en cuenta, aunque más no fuere por cinco minutos. Esto vale en la tecnología, los negocios, el arte, el espectáculo, la filosofía, la política, la vestimenta, el habla y hasta en las relaciones interpersonales. Nace así un monstruo que devora a sus creadores, puesto que poco o nada tarda lo nuevo en envejecer dando paso a una demanda voraz y ansiosa de más y más novedad. No importa su valor real, su necesidad verdadera, su trascendencia, su influencia en el logro de la felicidad (que no es mero placer o diversión), su funcionalidad en el enriquecimiento de los vínculos o su contribución a que los seres humanos se conviertan en personas, es decir que, mediante el ejercicio de la conciencia y el pensamiento, vayan más allá de los condicionamientos biológicos y psíquicos que les caben como a cualquier especie. Lo que importa es que, en cualquier tema o cuestión, se cumpla con la exigencia de lo nuevo. Como si nuevo fuera un valor y no un simple calificativo. La palabra titila a nuestro alrededor, como luciérnagas en la noche, en todo momento y en todo lugar, lanzada desde voces, pantallas, consignas, anuncios, discursos, textos.


Para que algo sea nuevo tiene que haber existido todo aquello que lo precedió. Lo nuevo sube por una escalera apoyada en lo viejo. Como bien dice el pedagogo español Ricardo Moreno Castillo (a quien se deben ideas críticas, fuertes y necesarias, como Panfleto antipedagógico y De la buena y la mala educación), en algunos ámbitos las aportaciones nuevas abren horizontes y derogan lo anterior (técnicas quirúrgicas, energía renovable, coches no contaminantes), pero en muchos otros, esenciales para el pensamiento, los vínculos, la transmisión de valores y la indagación de los grandes temas de siempre, el edificio de lo humano se sigue sustentando sobre pilares que atraviesan los tiempos. Un nuevo filósofo no acaba con los anteriores, una nueva corriente artística no termina con las precedentes, un best seller no pone fin a los grandes clásicos de la literatura. El amor de los que se aman es el de siempre, anota Moreno Castillo, y ellos hacen el amor como siempre lo hicieron. Los valores se transmiten a través de ejemplos, viviéndolos, como fue siempre. No hay un nuevo modo de ser empático o responsable ni nuevas respuestas cuando nos preguntamos cuál es la razón de nuestra existencia y cómo hemos de encontrar y honrar su sentido

La adicción a correr permanentemente detrás de lo nuevo o la ansiedad por generarlo encierran el peligro de que pasemos superficialmente, y sin dejar huella, por el ancho y rico escenario de la vida. El implacable periodista y escritor estadounidense Ambrose Bierce reflexionaba: "No existe nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos". Sería novedoso percibirlas y prestarles atención.
S. S.

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