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domingo, 30 de octubre de 2016

TECNOLOGÍA Y ARTE....PARECE MALA YUNTA


Cuadros involuntarios de una exposición sin alma
Varios proyectos se proponen que la inteligencia artificial produzca obras de arte, pero en la letra chica parece bastante claro que todavía no se preguntaron qué es el arte
Estos días se ha hablado bastante de la posibilidad de que la inteligencia artificial cree arte en algún momento del futuro. Google, en particular, y su proyecto Magenta, estuvieron en los titulares. Hay otros, sin embargo.
Arte. Menuda misión se fueron a buscar. Cuando se lee la letra chica de estos proyectos surgen varias confusiones bastante burdas. Por ejemplo, que la obra de arte es algo bello. ¿En serio? ¿Según el criterio estético de quién? Así, a bocajarro, les diría que le echen un vistazo a Arte y Poesía, de Martin Heidegger. No es un texto largo.
Cerebro, mente, alma, cuerpo
En todo caso, ¿pueden las máquinas crear arte? Bueno, depende de a qué llamemos arte. Si decidimos que es el producto de una serie de procesos cerebrales, entonces sí. El arte sería, en ese escenario, el resulto de mecanismos eléctricos y químicos en el cerebro del artista. Los Neurotransmisores de Van Gogh, ponele. Lindo nombre para una banda.
Si decidimos, en cambio, que el arte es obra de la mente del artista, entonces ahí la cosa se complica un poquito más. Pero no mucho. Mal o bien, desde Marvin Minsky para acá, hemos ido tomándoles la mano a los procesos mentales. Pero, ¿es el arte algo mental? Para mí, escribir es algo que se hace con todo el cuerpo, como la danza. Estoy seguro de que músicos, escultores y pintores coincidirán en que la mente sola no alcanza. ¿Fotógrafos, arquitectos? Tengo la sensación de que también.
De momento, las máquinas no tienen un cuerpo. Tienen hardware. No es lo mismo.
Aun si con la mente fuera suficiente, aparece todavía otro obstáculo. El que una máquina pueda reproducir mediante algoritmos la cadena de eventos que conduce a una obra de arte no significa que esté haciendo arte. Eso es simular el hacer arte. Tchaikowsky no estaba siguiendo una serie de algoritmos cuando creó su dolorosa Sexta Sinfonía, llamada Patética. De hecho, según algunas interpretaciones, estaba escribiendo un réquiem para sí; nueve días después del estreno, el compositor falleció. Todavía no sabemos de qué. Algunos sugieren que fue suicidio.
Quizás alguna vez la simulación del arte se convierta en una forma de arte, es posible. Pero, aparte de que hay una diferencia significativa entre "arte" y "una forma de arte", la simulación puede conducir a paradojas. Como ocurre con la consciencia, que si se la simula entonces no es consciencia verdadera. Porque si fuera una consciencia verdadera, entonces se daría cuenta de que es una simulación y dejaría de ser una simulación.
Aparte de la química cerebral, la mente y el cuerpo, en la creación del arte se involucra un factor aun más inasible: el alma. Con el alma no sólo nos rehuye la definición, sino la definición de la definición. Lo único que sabemos del alma es que no podemos pasarla por alto, que su relación con el arte es directa y que su radiación disuelve todos los algoritmos.
Otra cosa, no menor: ¿es posible crear arte sin la intención de crear arte? De ser así, habría que empezar a sumar a la lista de autores a los árboles, el musgo, las montañas, los tigres, las aves y las galaxias. Por supuesto, y esto es más o menos obvio, una de las condiciones para que una obra sea arte es que el artista haya tenido la intención de hacer arte. Incluso la escritura automática tiene la intención de dar origen a una pieza de arte. Pues bien, una de las limitaciones de las máquinas es que no tienen intención de hacer lo que hacen. No por ahora, al menos. Si alguna vez logramos que tengan ganas de hacer algo, veremos si se les da por el arte. Por ahí prefieren las palabras cruzadas.

Pero supongamos que sí, que un día el software no se inicie, sino que despierte y se diga: soy una máquina -esta máquina- y quiero crear una obra de arte. Entonces, y sólo entonces, podremos decir que la inteligencia artificial reúne las condiciones mínimas para el arte. Veremos luego cómo maneja la frustración, cuando se de cuenta de que no alcanza con las ganas, que hace falta también talento, inspiración y una cosa más, quizá la más peliaguda.
Desde el abismo
¿De dónde nace una obra de arte? "la poesía es, si se quiere, la comunicación entre dos abismos, el del poeta y el del lector." Nada más cierto. ¿Y cuál es el abismo de la máquina? Olvídense. Si quisiéramos darle uno, necesitaríamos programárselo. Un abismo de cotillón.
Viceversa, y aunque constituye un océano de misterios, sabemos algunas cosas acerca de nuestra naturaleza desgarrada. La muerte allá adelante, por ejemplo, es uno de los arquitrabes de la condición humana. O tal vez una cornisa, quién sabe. ¿Mueren las máquinas? ¿Saben que van a morir? Sólo HAL 9000 sintió ese pánico.
El tiempo también forma parte de nuestro abismo. Y las emociones, que se nos imponen. Los impulsos más primitivos. La pasión, los deseos, el dolor físico, el sufrimiento psíquico, el placer y la esquiva felicidad. El entusiasmo, que en griego significa "poseído por los dioses", es decir, "loco". Nuestros fantasmas, nuestras imágenes primigenias, que no recordamos pero que nos trazarán férreos carriles hasta el final. Todo eso constituye la almáciga donde germina la obra de arte. Nuestros sueños, también. ¿Sueñan las computadoras con ovejas eléctricas? No duermen siquiera.
Las máquinas carecen de todas estas honduras. Y el abismo es menester, porque al revés de lo que parecen creer los gestores del arte artificial, el artista es ese integrante de la sociedad humana que se atreve a sumergirse, qué digo, a hundirse en su propia Estigia para buscar la obra. El viaje es aterrador, enajenante, supremo y dichoso, todo a la vez. El creador es el sujeto que no puede dejar de mirar lo que la mayoría de nosotros no se atreve siquiera a atisbar. La excursión conduce, además, a una metamorfosis. El artista no es el mismo luego de dar a luz una estrofa, una novela, una sinfonía, un cuadro, una escultura.
Algunos primates han logrado trazar bonitas manchas sobre hojas de papel, y no pocos humanos han sentido la tentación de llamar arte a esos garabatos. No me parece que sea así. Pero, comparado con una computadora, un chimpancé está a sólo un palmo de distancia de Da Vinci. Al menos se entretiene con la experiencia. La máquina, ni eso.
El otro
En la pretensión -ingenua, para nada malintencionada- de que las computadoras engendren arte hay, además, unos cuantos problemitas de concepto. El proyecto Figure8 (que suena como "figurate" en inglés, en relación con el lenguaje figurado)confunde crear poesía con crear metáforas. Por si no lo sabían (estaría bueno que les pregunten), los poetas no andan por ahí buscando metáforas. No se la pasan pensando en variantes mejores para "Tus labios de rubí" o de "Tus dientes de perla". No es así como funciona. El arte no es un ejercicio especulativo. No tenemos claro qué es, pero definitivamente no surge del mero cálculo. Y en las computadoras sólo hay cálculo, cómputo.
Sí, claro, hay componentes racionales relacionados con la técnica. Pero del cálculo estructural no se puede deducir un Gaudí.
Además, creer que un software que encuentre metáforas originales es poesía equivale a sostener que el valor artístico de un cuadro puede estimarse por el número de colores que se usaron. Dato: el Guernica está en blanco y negro, y está en blanco y negro por un motivo. Pero no es el blanco y negro lo que lo convierte en el Guernica.
Existe, entre los promotores del arte sintético, el mismo prejuicio que entre los que nos obsequiaron campeones electrónicos de ajedrez y de go. Esto es, se basan en la idea de que lo único que importa es el resultado. Y no es así. Importan el resultado, el proceso, el contexto y los interlocutores. Si no fuera así, podríamos poner a Usain Bolt a competir con una Ferrari y divertirnos viendo cómo la máquina destroza al jamaiquino.

Si la escena anterior resulta absurda, casi insultante, mucho más debería parecérnoslo con los juegos de la mente, de la que sabemos mucho menos que de los músculos, y que es al mismo tiempo la que controla esos músculos.
En el caso del arte, la gaffe se torna obscena, porque no sólo pasa por alto que los procesos mediante los que un creador origina una obra no son los mismos que los de las máquinas -y que aún si lográramos emularlos por completo, sólo se trataría de una simulación-, sino que olvida que el artista se adentra en el abismo para darle sentido a la humanidad, al resto de nosotros, y que por lo tanto toda obra, hasta la más solitaria, como la de Cézanne, no existe sin nosotros. Somos la única especie que construye espejos, y el espejo de la humanidad es el arte.
Dicho más simple: las máquinas no pueden ni van a poder crear arte hasta que a las otras máquinas no se le despierte la pasión por el arte. No me asombraré para nada cuando la inteligencia artificial hilvane unos cuantos compases inspirados; de hecho, ya son capaces de hacer eso. Me asombraré el día que a la inteligencia artificial le den ganas de oír una canción. Esa canción.
A.T.

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