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martes, 18 de octubre de 2016

LA HUMANA Y QUERIDA ESCRITURA......¿ESTARÁ MURIENDO?


A los que amamos la letra escrita, los textos de un calígrafo o los trazos del alfabeto chino pueden producirnos un deslumbramiento indescriptible.


Nos desesperan, en cambio, nuestros torpes garabatos tipo médico que receta de urgencia a las tres de la mañana (y los de nuestros descendientes en edad escolar, ni hablar).
Ocurre que la armoniosa escritura que no hace tanto era patrimonio casi de cualquiera que hubiera completado la escuela secundaria se va perdiendo a medida que avanza el uso de computadoras, tablets y teléfonos celulares, dispositivos que no exigen más destreza manual que la de hacer coincidir las yemas de nuestros dedos con las teclas, materiales o virtuales.
Es una pena, pero la escritura a mano, uno de los avances cardinales de la humanidad, está siendo relegada al pasado.

En The history and uncertain future of handwriting, (Bloomsbury, 2016), algo así como “La historia y el incierto futuro de la escritura a mano”, Anne Trubek recorre la aventura que se habría iniciado con las tablillas sumerias, hace alrededor de 5000 años.
La escritura cuneiforme, considerada el primer sistema que permitió registrar palabras y pensamientos, fue inventada en lo que es hoy el sur de Irak.
A lo largo de los siglos, los arqueólogos encontraron cientos de miles de tablillas de arcilla con los signos triangulares que las caracterizan.
Nos encantaría que aquellos antepasados remotos la hubieran imaginado para dejar pistas de su paso por la Tierra, pero al parecer tuvo fines más prosaicos.
Según afirma Georges Jean en La escritura, memoria de la humanidad (Ediciones B, 1998), las que se descubrieron en el templo sumerio de la ciudad de Uruk, en la ribera oriental del Éufrates, contenían largas listas en las que no se hace referencia a otra cosa que a sacos de cereales y cabezas de ganado.

También destaca, por ejemplo, que la comunidad religiosa del templo de Lagash contaba con 18 panaderos, 31 cerveceros, 7 esclavos, un herrero…
Y que los sumerios no sólo habían inventado el dinero, ¡sino también el préstamo con interés!
Como los sumerios, los egipcios usaban sus escuelas sólo para enseñar a escribir, pero únicamente a los varones de familias elegidas.
Los jeroglíficos (“probablemente el más difícil y elaborado sistema de escritura que se haya inventado”, dice Trubek) cautivan por su belleza y se usaron durante 3500 años.
Luego desaparecieron, pero los fenicios, y más tarde los griegos, que creían en la educación para todos, inventaron el alfabeto.
Sócrates creía que la escritura atrofiaría el pensamiento, pero aunque los griegos respetaban más el lenguaje hablado que la escritura, desarrollaron el primer análisis consciente de todos los componentes del lenguaje y el más eficiente para representar sonidos hablados.
Aristóteles, más moderno que Sócrates, decía que las letras habían sido creadas “para poder hablar incluso con los ausentes”.
Si los griegos nos legaron el alfabeto con vocales, los romanos nos dieron las letras y los libros.

Con una destreza que asombra, los copistas de Occidente, que antecedieron a la imprenta de letras móviles, pasaban sentados por lo menos seis horas diarias durante alrededor de tres meses para reproducir un único volumen y tenían prohibido usar velas para calentarse por miedo al fuego.
En Copistas y Filólogos (Gredos, 1986), Leighton Reynolds y Nigel Wilson explican que los escribas medievales no usaban espacios entre palabras, puntuación o párrafos, todos elementos que mejoran la experiencia de la lectura, pero no son necesarios en la oralidad, por lo que sólo se inventaron una vez que la gente se habituó a leer.
“La posición de Sócrates nos recuerda que con la escritura viene la pérdida. Perdemos el cuerpo. Perdemos los gestos. Perdemos también la capacidad de recordar. Y perdemos pequeñas frases injertadas en el lenguaje que nos individualizan”, reflexiona Trubek.

Y agrega que “la letra escrita tiene connotaciones que hacen que su desaparición nos llene de ansiedad. Tanta como la que deben haber sentido en el siglo XVI los monjes que denunciaban los «horrores» del libro impreso”.
Seguramente intentamos recuperar el aliento de esa escritura a mano, ligera y personal, que tan íntimamente nos expresa y que muy probablemente los todavía inimaginables avances digitales de las próximas décadas cubrirán con el piadoso polvo del olvido.

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