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domingo, 30 de octubre de 2016

INTIMIDADES DE GRANDES HOMBRES PERO.....SIMÓN BOLIVAR

BOLIVAR Y LAS DAMAS DE PERSONALIDAD FUERTE
El 16 de junio de 1822 fue día festivo en Quito. La ciudad abandonó su actividad cotidiana para recibir a Simón Bolívar. Durante el desfile por las calles abarrotadas de vecinos, el homenajeado divisó a una dama de grandes caderas, senos llamativos, contextura gruesa, pelo oscuro y crespo, ojos pardos, boca pequeña y carnosa, que miraba la ceremonia desde un ventanal.
Se llamaba Manuela Sáenz, tenía 26 años y llevaba cinco unida en matrimonio al médico Jaime Thorne, con quien no intimaba demasiado. Por la noche, en el baile de honor, Bolívar y la dama fueron presentados formalmente. Él apeló a una de sus clásicas estrategias de conquista: le contó cómo se conocieron Romeo y Julieta. Funcionó.
Luego de la corta estancia en Quito, Bolívar salió hacia Guayaquil para reunirse con el general San Martín. Manuela se instaló en la hacienda “El Garzal” (no muy lejos de allí), desde donde le escribió a su galante Libertador, el 27 de julio, instándolo a abandonar la ciudad y reunirse lejos de las miradas indiscretas. Pero el caraqueño estaba ocupado, contándole la historia de Romeo y Julieta a una joven de ojos claros,María Joaquina Garaycoa, a quien conoció la noche en que tuvo lugar la fiesta que se brindó al general San Martín.
Los Libertadores se entrevistaron el 26 de julio de 1822. Al día siguiente, el argentino regresó a Lima e inició su retiro. Bolívar arribó a Lima en septiembre de 1823. Manuela Sáenz lo hizo en octubre, acompañada de su madre. Durante la última semana de octubre de 1823, Simón Bolívar y Manuela Sáenz se vieron en Magdalena, en las afueras de Lima. Ella había logrado sortear la vigilancia materna, pero no disponía de mucho tiempo. Por eso, el reencuentro comenzó a celebrarse de inmediato y en la mayor intimidad. La joven quiteña corrió a la cama y al deslizarse dentro de la sábanas, recibió un pequeño pinchazo: era el aro perdido de alguna dama.
Se lanzó sobre Bolívar y lo atacó con uñas y dientes. Se marchó furiosa, luego de dejarle notables marcas en la cara. Durante una semana, hasta que cerraran las cicatrices, el Libertador venezolano se recluyó en su cuarto. Todas sus actividades se suspendieron, alegando que había enfermado en forma repentina. No se le ocurrió decir que lo atacado había un avispa.

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