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jueves, 27 de octubre de 2016

HABÍA UNA VEZ.....


Ciñámonos a los hechos puros y duros. En 1274, en Florencia, un niño de nueve años llamado Dante, hijo de un tal Alighiero di Bellincione d’Alighiero, se cruza con una niña de ocho años llamada Bice, hija de un tal Folco Portinari.
Puede que los dos niños intercambiaran una sonrisa o se miraran con cara de pocos amigos; en cualquier caso, el
encuentro termina ahí.

Sin embargo, ese instante fugaz arraigará en la memoria del niño, se agigantará y se dilatará en el tiempo.
En 1277, Dante, que cuenta apenas doce años, queda prometido por orden de su padre con Gemma di Manetto Donati.
En 1283 Dante, con dieciocho años, vuelve a cruzarse con Bice. La saluda y ella responde amablemente, preguntándose sin duda quién será ese joven.
El encuentro, al igual que el primero, no tiene continuidad. Pero para él ese saludo se convertirá no solo en un
acontecimiento personal, sino en el origen de una nueva manera de hacer poesía y de ver a la mujer.
Tan noble y tan honesta parece la dama mía cuando a otro saluda, que las lenguas, temblando, enmudecen, y los ojos a mirar no se atreven.
¿No es un poco excesivo para un simple saludo? Y si la muchacha hubiera hablado, si hubieran cruzado alguna frase, ¿qué habría ocurrido?
¿Habría cundido el pánico en la ciudad?¿Estarían todos temblando, mudos y con los ojos cerrados?

Cuatro años después, Bice se casa con Simone di Geri de’ Bardi. Y muere el 8 de junio de 1290. Dante, por su
parte, se casará con Gemma, probablemente en 1295. Del matrimonio nacerán tres hijos varones y una niña.
Es seguro que Dante y Beatriz —así rebautizará a Bice el poeta— nunca tuvieron ocasión de encontrarse cara a
cara ni, por lo tanto, de intercambiar una sola palabra.
Es decir, siguieron siendo dos perfectos desconocidos el uno para el otro. No obstante, Beatriz será para
siempre «la dama mía» de Dante, que la amará durante toda la vida y al final la sublimará como su guía al Paraíso.
Debo confesar mi absoluta y congénita incapacidad para comprender esta historia, a la que suele calificarse
de sublime aventura amorosa.
¿Acaso el amor no es siempre un juego de dos? La pobre Bice es del todo ajena al revuelo que Dante provoca en su nombre, se halla muy lejos de considerarse un ángel o nada por el estilo, es una fiel esposa y una buena madre de familia.
Ignora, hablando claro, ser el objeto ya no del amor, sino del vicio solitario y totalmente imaginario de Dante, quien, cuando tenía una fijación, era incapaz de sustraerse a ella.
Francesco Petrarca, en una carta a su amigo Giovanni Boccaccio, explica que vio a Dante una sola vez, de niño, cuando este fue a su casa a visitar a su padre, con quien más tarde partiría al exilio.
A pesar de los desmesurados elogios que dedica al poeta supremo, Petrarca insinúa aquí y allá que Dante era «tenaz en su propósito, que de nada se cuida sino de procurarse gran nombre» y que nada en el mundo habría podido desviarlo «del camino emprendido».
Dante, pues, se obstina en recrear a una mujer que en la realidad no existió jamás, superponiendo este andamiaje
fantástico a la figura de la Bice auténtica hasta anularla y hacerla desaparecer.
Habrá que esperar a la llegada de la poesía de Petrarca para que la mujer sea considerada en su indivisible unidad de alma y cuerpo.
La «forma verdadera», como la llama el poeta. Ironías del azar, mientras que de Beatriz lo sabemos todo, de la Laura petrarquesca lo ignoramos todo.
Una cosa, sin embargo, es cierta: que la mujer existió en realidad, que el poeta la vio por primera vez el 6 de abril de 1327 en la iglesia de Santa Clara de Aviñón y que entre los dos nació una pasión fulgurante.
Sea como fuere, no cabe duda de que habrá que esperar aún hasta el Decamerón de Boccaccio para encontrar por fin un catálogo completo de mujeres tal cual eran y tal cual son, sin necesidad de exaltarlas ni denigrarlas, con sus defectos y virtudes.
Yo también tuve una Beatriz, pero se llamaba Bice. No obstante, mi historia con ella se ajusta al patrón de la
narrativa de Boccaccio, no al de la poesía de Dante.
La guerra acabó en Sicilia a finales del verano de 1943. Pasados unos meses, todos experimentamos unas inmensas ganas de vivir.
Nuestro grupo, formado en los años del instituto y más tarde dispersado durante el período del desembarco aliado, volvió a reunirse, si bien con algunas ausencias que pronto quedaron suplidas.
Éramos una docena de chicos y chicas de casi veinte años que no dejaban pasar un fin de semana sin organizar un baile, que duraba desde las ocho de la tarde hasta pasadas las tres de la madrugada.
Las reuniones tenían lugar por turnos en segundas residencias, en el campo o a orillas del mar, sin padres.
Siempre por turnos, uno de nosotros se ocupaba de las provisiones: teníamos suficiente con tres cuddriruni grandes y olorosos, encargados expresamente en la panadería, que se cortaban en varios pedazos, y una botella de buen vino.
En realidad, éramos bastante austeros, y no nos emborrachábamos. Entre nosotros no hubo nunca historias de amor, solo algún que otro caso de simpatía muy acentuada.
Estas ganas de estar juntos, bailando, bebiendo, confiándonos nuestras esperanzas, se consolidaron todavía más con la llegada del verano de 1944. Nos veíamos todos los días, al caer el sol, y dábamos largos paseos.
Para nosotros era el primer verano de paz. Y era también, lo presentíamos oscuramente, un adiós a la juventud.
Entonces un día —era, lo recuerdo bien, el primero de julio—, Bice y Filippo nos sorprendieron a todos anunciándonos que iban a casarse.

Confesaron que desde hacía tiempo se veían a escondidas.
No nos habíamos dado cuenta de nada. Para resarcirnos de lo que juzgábamos una traición, condenamos a Filippo, que con veintiún años era el mayor del grupo, además del más rico por familia, a pagar la comida y la bebida de todo el mes.
Poco después, empecé a notar que la relación de Bice conmigo había cambiado por su parte. Hasta entonces yo había sido para Bice, y ella para mí, un amigo de verdad.
Tenía dieciocho años y era una muchacha guapa, luminosa, más alta que yo, de largo cabello rubio rojizo y piernas esbeltas y bien torneadas. Daba gusto verla en traje de baño.
A menudo bailábamos juntos, y lo que mejor se nos daba era el boogiewoogie. Desde que se prometió con Filippo, me pareció normal que solo bailara con él.
Pero un sábado de finales de julio se me acercó diciendo que le apetecía bailar conmigo.
—¿Ponemos un boogie?
—No, una lenta. Pon Stardust.
Mientras bailábamos, con la mano que apoyaba en mi espalda me estrechó contra sí mirándome con insistencia. De
pronto me susurró:
—Te lo digo solo a ti. Me caso a principios de octubre.

Al terminar el disco volvió con Filippo. A él no le gustaba mucho bailar, prefería secuestrar a una víctima, chico
o chica, llevársela aparte y hablar de filosofía.
Por eso, cuando poco después Bice volvió a la carga conmigo, no se mostró molesto.
En esta ocasión el cuerpo de Bice se pegó abiertamente al mío. Tanto que me sentí algo turbado.
—Bice, ¿qué te pasa? —le pregunté, sorprendido e incómodo.
—No hagas preguntas, estúpido.
Si eso era lo que ella quería…Durante el último baile me murmuró al oído:
—No hagas planes para el sábado.
El viernes siguiente, durante el paseo de la tarde, Bice nos dijo que sus padres se habían ido y que la casa de la
playa estaba disponible.
Ella sería la encargada de organizar el baile del día siguiente.
Añadió que Filippo y ella irían por la mañana, y entonces, dirigiéndose a mí, me preguntó:
—¿Vienes con nosotros?
Estuve tentado de decir que no. ¿Qué pintaba yo allí, de carabina? Pero su mirada me persuadió. Asentí. Partimos al día siguiente por la mañana en bicicleta, Bice, Filippo y yo, además de Marina, la hermana de diecisiete años de Filippo, que era el perro guardián de la pareja.
Al llegar a la casa, nos pusimos el traje de baño y bajamos a la playa. El sol era casi insoportable, era como estar sobre una parrilla. Filippo abrió la sombrilla que había traído de la casa y se refugió debajo con Marina.
Bice y yo nos fuimos al agua. Nadamos un buen rato y finalmente nos quedamos quietos. De pronto, Bice entrelazó sus piernas con las mías bajo la superficie. No podíamos besarnos, nos habrían visto desde la arena.
Al cabo de un rato se puso nerviosa, se apartó y echó a nadar hacia la orilla. Nada más llegar a la sombrilla, le
dijo a Filippo en tono perentorio:
—Me apetece mucho comer erizos.¿Me acompañas?
Aquello significaba caminar un kilómetro por la arena bajo el sol, hasta la Scala dei Turchi. Filippo dijo que no
y me miró.

Me di cuenta de que Bice había previsto aquella negativa. Saqué el cuchillo del morral y nos pusimos en
camino.
En cuanto nos hubimos perdido de vista, echamos a correr; el deseo quemaba más que el sol. La playa estaba
desierta. Jadeando, nos desplomamos ala sombra de un espolón de marga blanca.
Durante dos horas hicimos el amor furiosa e ininterrumpidamente, sin intercambiar ni una palabra, olvidándonos de los erizos, del tiempo y del mundo.
Ni siquiera al volver abrimos la boca. No nos rozamos ni las manos. Esa noche bailó solo con Filippo, y conmigo
volvió a ser la amiga que había sido siempre.
Y puesto que entonces no le pregunté por qué, tampoco voy a preguntármelo hoy, a setenta años de
distancia.
Cuento extraído del libro Mujeres de Andrea Camilleri.

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