lunes, 18 de abril de 2016

UN PLACER QUE SE PAGA MUY CARO


El cerebro bajo el azúcar
Para entender el efecto que este componente tiene sobre nuestro cuerpo, hay que tener en cuenta varios factores. Por un lado hay una conexión a nivel genético y de nuestro ADN. Estamos programados para obtener la energía del azúcar, el problema es que nunca se tomó en cuenta los azúcares procesados.
Aquellos que se alimentaban de dulces sobrevivían porque ingerían alimentos que eran más eficientes en cuanto a provisión energética: frutas y vegetales, cuya azúcar era metabolizada lentamente y no resulta tóxica. Según define Daniel Lieberman, biólogo de la Universidad de Harvard: "El azúcar es un profundo y antiguo deseo humano".


A su vez, como el azúcar está en todo tipo de alimentos -o no- es importante entender qué le pasa al cerebro al consumirla. Cuando comemos dulces se activan los centros de recompensa de nuestra corteza cerebral; son los que se estimulan cuando hacemos algo que nos reconforta y da placer, entre ellas la socialización, el sexo o las drogas, y generan cierta necesidad a repetir. La dopamina es liberada por la ingesta de azúcar, y aunque no de la manera en que ocurre con sustancias adictivas como la nicotina, el alcohol o la heroína, lo que sucede es que no genera satisfacción, siempre se quiere más. Pero, claro, al abusar de ciertos hábitos se genera una serie de desperfectos en el organismo cuyos efectos colaterales son el deseo constante, la adicción o el aumento de la tolerancia al azúcar, en nuestro caso.



Origen y tipos

El gran problema no son los azúcares naturales, es decir, los contenidos en las frutas y verduras y otros alimentos, sino los agregados. Se utiliza la palabra azúcar para hablar genéricamente de los carbohidratos, que son un grupo más extenso de sustancias presentes en alimentos y bebidas, y que incluye la glucosa, la fructosa, la sacarosa, la lactosa, la dextrosa, el almidón, y también los endemoniados jarabes de maíz de alta fructosa, los jugos frutales, el azúcar crudo y la miel. Por lo general, lo que nosotros llamamos azúcar suele ser sacarosa, que tiene 50% de glucosa y 50% de fructosa.
Pero ojo que no todos los azúcares son iguales, e incluso hay quienes postulan que algunos son más sanos que otros. Si bien hay un diferencia entre los componentes o procesos a los que se someten cierto tipo de azúcares, una cosa es la refinada y otra la orgánica. Muchos médicos desaconsejan pensar en términos de que una sea más saludable que otra. ¿Por qué? Porque la idea es limitar la ingesta total de azúcares agregados, más allá del tipo que sea. Claro que si no vas a poder bajar el consumo siempre es recomendable que elijas la menos dañina: azúcar orgánica, azúcares sin refinar o miel orgánica.
JMAF, enemigo número uno
Pero entonces, ¿qué le sucede a nuestro organismo cuando reemplazamos carbohidratos de consumo regular, como una rodaja de pan o una porción de pastas, con gaseosas o bebidas con alto contenido de fructosa? El jarabe de maíz de alta fructosa es la cuestión o lo que se cuestiona.
A saber, hay que destacar que el proceso por el cual se metabolizan ambas sustancias es diferente. La glucosa se digiere de forma lenta ya que las enzimas de nuestro cuerpo se toman su tiempo procesándola. Primero va al hígado y, si tiene la suficiente energía, pasa sin dificultad y luego llega al resto del organismo.


Ahora, la fructosa es diferente, ya que en el hígado hay una enzima que está siempre alerta para captar toda la fructosa que puede, incluso si el hígado ya tiene suficiente energía. Esto deviene en que se transporte muy poca fructosa al resto del cuerpo y produzca una sobredosis en este órgano, y así empiezan a aumentar los niveles de grasa hepática. Y provoca mayores niveles de triglicéridos y colesterol (factores de riesgo para desarrollar enfermedades cardiovasculares), y dificulta la producción de insulina aumentando el riesgo de diabetes.
De este modo se genera un círculo vicioso difícil de romper, ya que cuando no hay suficiente insulina se produce más fructosa que se convierte en grasa y así sucesivamente. Tené en cuenta todo esto y el trabajo extra que tiene que hacer el organismo, la próxima vez que le des un sorbo a esa gaseosa.

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